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La localidad cántabra alberga la mayor mancha de estos árboles legendarios en España
10.11.11 -
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Bosque de secuoyas (Cabezón de la Sal. Cantabria). Jardín de gigantes
Cantabria conserva infinidad de secretos en su cofre de oro verde. Su manto ha resistido casi íntegro la mano degradante que ha descubierto el suelo gris de terrenos próximos. Cada rincón es un canto floral, de variada entonación, donde en lugares inesperados emergen desde la fronda melodías desconocidas. La magnanimidad del mar y los blancos Picos de Europa refugian una de estas guaridas, de sólo 2,5 hectáreas (unos tres campos de fútbol). Una porción escasa que rezuma eternidad a través de los troncos de 800 ejemplares. Reserva en los años 40 para garantizar la madera en una economía de régimen que lanzaba bocados a la supervivencia, Cabezón de la Sal cobija gran parte de un ejército de secuoyas de primera generación que el Nuevo Mundo remitió como secreto de vida.
Árboles milenarios, sabedores de hechizos tribales y fedatarios de la verdadera historia de América. Más de dos mil años avalan su palabra. Su longevidad y carácter colosal les otorgan una personalidad única en su recóndito paraíso de la vieja California. Hyperion es el ser vivo más alto del planeta con 115 metros de envergadura, y el General Sherman, el más voluminoso. Un carácter solemne que fue profanado para tender las traviesas del ferrocarril, hallando también en España un primer motivo industrial.
Su rápido crecimiento (casi dos metros al año durante la primera década) les convirtió en objeto de ambición, pero, tras la decapitación de un puñado de secuoyas jóvenes, los nuevos hábitos propiciaron que el bosque cayese en el olvido. El pánico dio paso a un letargo que los ejemplares aprovecharon para reiniciar su actividad pacífica y secreta. De manera esquiva, se reprodujeron en silencio lanzando piñas al suelo con un margen de veinte años hasta la evaporación del embrión.
Por ello, Cabezón alberga pequeños ramos en busca de su destino desde el florecimiento invernal; primera expresión de un bosque infantil, habitado por ejemplares ni siquiera centenarios y recortados en 36 metros. Una minucia en su lenguaje, que les vuelve extraños al hombre, extraviado ante un misterio emergente. La inmersión en el bosque es un cruce dimensional. El visitante queda sometido a la custodia celosa que los ejemplares hacen de su bastión.
Entre enanos
Sólo en Granada resiste una pequeña colonia de secuoyas, mejor avenidas con el frío del norte. En Cabezón, perviven las sempervirens. Siempre verdes o eternas, limitan el acceso del sol a sus umbríos dominios, manteniendo una sagrada liturgia en las visitas. Su poderío monopoliza una presencia inequívoca, con un inagotable ácido que anula el suelo circundante. En sus alrededores se erigen dos centenares de pinos radiatas, eucaliptos, cipreses y abetos. Comparsas que ornamentan el festival supremo de las secuoyas.
Árbol firme, desafía las inclemencias desprovisto del escudo de la resina. Una seguridad libre de arrogancia, sin el elixir reivindicativo de plantas inferiores. En ausencia de aromas, el bosque adopta un halo de encanto cuando falla el sol, y se vuelve pantanoso en las jornadas lluviosas, con troncos desplegados para asentar el firme.
En el linde del terreno, hayas, robles y castaños asoman tímidos, rindiendo pleitesía a dos secuoyas que, con un perímetro de cuatro metros, doblan el grosor medio de la prole, entregando la última exaltación del ensueño floral. Una proclama más enérgica sobreviene del centro del pueblo, donde se han conservado dos ejemplares del tipo gigante en una tribuna pública. El llamado árbol de mamut se erige incólume en un púlpito exclusivo, desde el que ejerce la juiciosa defensa de sus legendarios hermanos del bosque.
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