Jugando con Ereaga
Cerca, en la playa getxotarra de Ereaga, los niños tendrán a su disposición juegos, talleres, paredes de rocódromo y concursos para entretener su ocio veraniego. El programa del Ayuntamiento local, pionero en el País Vasco, pretende habilitar en el entorno del arenal un inmenso espacio lúdico controlado por monitores en el que los menores encontrarán cuentacuentos, magos, actuaciones musicales y diversas modalidades de deporte-aventura en una playa eminentemente familiar.
Información
Cómo llegar: > Desde Bilbao: A-8 por el puente Rontegi, desde donde seguiremos hacia Getxo y Plentzia. Antes de entrar en Sopelana encontraremos la rotonda que conduce a las playas. Prueba por Mungia, una alternativa menos atestada.
De copas: > La Triangu: Un lugar muy agradable para tomarse unas copitas en sus terrazas nada más terminar la jornada playera.
> El Indian: Copas y rabas en el bar motero por excelencia. Agradable terraza.
Servicios: Parking, duchas, servicios y socorristas (se inaugura el nuevo edificio) durante toda la temporada.
¿Quieres llamar la atención en una playa nudista? Pues coge la toalla y monta el numerito del flamenco: sobre una única pata, intenta quitarte (o ponerte) el bañador mientras amenazas con caerte sobre sus vecinos. Así conseguirás que te miren todos los que te rodean, a quienes poco o nada importará la cantidad de ropa que lleves encima. Y más si estás en la playa de Barinatxe, mas conocida como Salvaje, un enorme arenal que se reparten los municipios de Getxo y Sopelana en el que ‘textiles‘ y nudistas conviven desde hace décadas. Es la reina de las playas nudistas en una zona en la que abundan: en cinco kilómetros están las calas de Azkorri, Meñakoz y las dos de Barrika (la de los restaurantes y la de Muriola o la cantera). En Uribe Kosta, los vendedores de bañadores no deben de ser demasiado felices; incluso los participantes de la carrera anual van en pelotas.
Pero a lo que íbamos. Barinatxe es una playa ‘adulta’, a diferencia de las cercanas de Arrietara y Atxabiribil, donde se multiplican los adolescentes y los niños, que suelen ser más ruidosos y, al parecer, pudorosos. Menos música, menos gritos... pero los mismos problemas con los aficionados a la pala, haya sitio o no. Esquivar pelotazos de los émulos de Nadal a los que no importa que con marea alta apenas quede sitio es otra buena forma de hacer deporte.
Lo increíblemente bueno de la Salvaje es el entorno, sus acantilados siempre verdes que protegen a los bañistas de mirones y a cambio les obligan a esforzarse para remontar la rampa o las escaleras, diez intensos minutos al sol que a menudo te hacen añorar un acceso más cómodo. Y las vistas: Castro, Peñacerredo (el pico sobre este municipio) y el espolón de Santoña, el tráfico de veleros y un mar que justifica el nombre de la playa.
En Barinatxe, las corrientes son cosa seria. Sucede con frecuencia que los socorristas acoten hasta límites insospechados el área de baño, 30 metros en una playa de 750 de longitud. No es extraño por tanto que, en determinados momentos, los silbatos de los vigilantes echen a perder más de una siesta mientras procuran pastorear a los bañistas que se salen de las marcas. Comprobarás que a menudo es involuntario, que la fuerza de las olas te arrastra como a un pelele.
Ojo con los derrumbes
Otro detalle curioso de esta playa es la existencia de una zona de dunas que desde hace un par de años permanece vallada (con no demasiado éxito, por cierto) para evitar que la gente camine sobre ellas y destroce su vegetación. No deja de resultar paradójico que, entre tanto intento de salvaguardar este valor natural, a nadie se le haya ocurrido combatir los plumeros argentinos que colonizan el acantilado. Bueno, quizá no resulte chocante en una provincia que tendría que plantearse seriamente cambiar su nombre por el de ‘plumerolandia’.
Por cierto, que si debutas en la Salvaje, no te preocupes demasiado por el tono negruzco de la arena: es carbón mezclado con mineral de hierro que aflora cuando la marea se lleva las capas superiores. No mancha. Y, además de las corrientes, no te olvides de que los acantilados son muy frágiles y que tienen la mala costumbre de deslizarse, como ha sucedido esta primavera a causa de las constantes lluvias. Los letreros en los que se aconseja no tomar el sol al pie de los acantilados no son una broma del alcalde.