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La capital portuguesa busca un futuro en medio de plazas y barrios repletos de glorias pasadas

28.03.11 -
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Lisboa. Nostalgia junto al Tajo
Lisboa encanta a los amantes del mar, a los bohemios, a los caminantes, a los curiosos, a los románticos. Es La Habana europea, con su aire colonial, que, asomada al Tajo, trepa por los cerros y se encarama en parques recorridos por tranvías, coches de alta gama, reliquias automovilísticas, carros de caballos y patatas. Esa Lisboa de tascas, peluquerías y tiendas semivacías de fachadas azulejadas, se levanta sobre siete colinas, lo que ofrece la posibilidad de contemplar «los tejados más bonitos del mundo» a través de sus miradores.
Con dos tentáculos tendidos hacia el Sur (los puentes 25 de Abril y Vasco de Gama), empinada y sucia en ocasiones, pero siempre bella y mestiza, Lisboa desprende un aroma de nostalgia, de fado, de pena por lo que fue. Pero la antaño esplendorosa capital del imperio luso quiere resurgir de su declive. La que fuera la ventana al Nuevo Mundo mira ahora hacia Europa, y por eso la ciudad es cada vez más sibarita. Se han puesto de moda los restaurantes gourmet, las terrazas de lujo con vistas al río.
Aun así, lo mejor sigue siendo perderse por sus calles, encontrarse con las alfazinhas -mujeres vestidas a la vieja usanza-, con obreros de piel aceitunada apurando un cigarrillo o con señoritas salvando el empedrado con tacones de vértigo. Así es Lisboa, un cajón de sastre que destila ‘saudade’, la eterna añoranza arraigada en el alma portuguesa, donde apartamentos de lujo conviven con encanto junto a ruinas indianas.
En el 28
La visita a la ciudad merece el paso obligado por su centro histórico, La Baixa. Una buena forma de conocer su parte vieja y más hermosa es tomar el tranvía 28, que arranca de la plaza Luis de Camoes. Eso sí, cuidado con las pertenencias, ya que los vagones son los preferidos de los carteristas. Tras regresar al mismo punto, el viajero puede ascender hasta el Bairro Alto, una de las zonas preferidas para alternar. En sus calles, sobre todo en Talaia, se mezclan bares y discotecas de marcado carácter gay ya famosos en toda Europa con pubs de ambiente africano, exquisitos hoteles y boutiques con las ‘tascas’ que se copiaron a los gallegos, donde se sirve comida típica barata.
Algunos de sus miradores al Tajo son una delicia, punto de encuentro de los hippies y estudiantes extranjeros que han invadido la ciudad, lugares perfectos para beber una ‘imperial’ mientras se disfruta del paisaje. Eso sí, el tabaco, mejor fuera de la vista, ya que una de los lusos jóvenes es ‘cravar’ cigarros, es decir, ‘gorronear’.
Rossio y Comercio
Después, se puede descender hasta la Praça de Pedro IV, más conocida como el Rossio. Por su céntrica ubicación albergó durante siglos juicios, espectáculos y desfiles. Allí se encuentra el teatro Doña María II, muy cerca de la Praça dos Restauradores, en cuyo centro se erige un obelisco que conmemora la liberación del país del dominio español en 1640. El paseante se entretendrá curioseando por las librerías y tiendas y después cruzará la Rua Augusta, la espina dorsal de la Lisboa antigua, que desemboca en la ribereña y gigantesca Praça do Comerço.
Allí se asentó el Palacio Real de Lisboa en 1511, después de que Don Manuel I se mudase desde el Castelo de Sao Jorge, aunque la residencia desapareció tras el terremoto de Lisboa de 1755. Ahora, los nuevos edificios albergan ministerios. Si bordea la ribera hacia el norte, el caminante llegará al barrio popular de Alfama, cuna del fado, cuyas callejuelas suben hasta el Castelo de São Jorge, desde donde se defendía la ciudad. Al asentar sus cimientos sobre la colina más alta del casco viejo, ofrece unas vistas de ensueño. La edificación consta de varias torres, garitas y foso.
Del centro histórico pasamos al comercial y financiero, Oriente, un suburbio portuario que la ‘Expo’ de 1998 convirtió en el más moderno de Lisboa. Calatrava diseñó su estación, donde confluyen el metro, los autobuses y los trenes. Lo ideal es montar en el teleférico que cruza el Parque das Naçoes y para en el Oceanário, uno de los mayores de Europa.
Hasta Belém
Por último, hay que realizar una incursión en el barrio de Belém, en el otro extremo de la ciudad, donde Manuel I ordenó levantar dos monumentos declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. La Torre de Belém (1520) sirvió como armería y prisión y sus exteriores se adornaron al estilo árabe y oriental, con galerías abiertas y almenas decoradas con esferas armilares, la cruz de la Orden de Cristo y elementos naturalistas que aluden a los descubrimientos en ultramar.
El interior gótico, bajo el piso inferior, sirvió como armería y prisión. Mientras, el vecino monasterio de los Jerónimos, donde los navegantes oraban antes de embarcar, comenzó a construirse en 1516 para conmemorar el regreso de la India de Vasco de Gama.
Para acabar la jornada, el turista merece un descanso en la Confeteiria de Belém y probar los tradicionales ‘pastéis de Belém’, elaborados según una receta secreta. La ciudad, por especial, deja huella en el viajero, aunque también por el carácter de los lisboetas, abiertos, tolerantes y socarrones, como los habaneros, como todos los vecinos del Atlántico.
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