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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

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La isla portuguesa, a 500 kilómetros al norte de Canarias, destaca por su verdor y los paisajes vírgenes
22.07.09 -

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Viaje a Madeira. Agua, flores y vino
Dos acotaciones antes de empezar: Madeira es una visita imprescindible a 160 minutos de vuelo desde Bilbao y su aeropuerto es moderno, para aterrizar en él no seremos sometidos a tirabuzones, picados ni otras torturas similares. Así que si aún no has decidido un destino para estas vacaciones, aprovecha la reanudación de los vuelos directos desde Bilbao y salta a este paraíso verde. Y si eres un tanto ‘merengue’ (del Real Madrid), podrás emprender la peregrinación hasta la cuna del nuevo príncipe blanco, Cristiano Ronaldo.
Esta es la isla del agua, las flores, los bosques impenetrables, los acantilados salvajes y el vino de Madeira, ese licor de reconocible dulzura que catarás en la bodega de San Francisco, situada en pleno centro de Funchal en las instalaciones de un antiguo monasterio. Los ingleses, entre asaltos piratas, dominios coloniales y sueños imperiales a la mayor gloria de sus monarcas, descubrieron su devoción por los vinos (jerez, oporto y madeira deben su fama a los súbditos de Albion), y llegan en crucero para aprovisionarse.
Funchal, en definitiva, bien vale una copita de madeira, pues es una ciudad encantadora en su pequeñez. La capital de Madeira se alza en un anfiteatro de montañas cuyas cimas boscosas resplandecen de verde intenso durante todo el año. Pasear por sus calles empedradas constituye un delicioso entretenimiento y parques y terrazas garantizan el descanso.
Pero lo que más llama la atención de Funchal son sus tres principales jardines (el Botánico, el Palheiro Ferreiro y el Tropical del Monte, aunque hay más), que explican bien a las claras el concepto de trópico como un lugar en el que todo crece con rapidez gracias a la combinación de agua y luz. Desde sus terrazas, además, tendrás unas vistas excepcionales de la ciudad tendida hacia el mar.
En trineo
Por cierto, te habrás fijado que hablamos de montañas, vistas, terrazas... salvo que seas una bestia de la naturaleza o el tipo más agarrado del planeta, recurre a autobuses, taxis o al funicular para llegar a las partes altas de la ciudad: Madeira es una isla pequeña en la que no conviene desaprovechar el terreno en calles zigzageantes; la distancia más corta (de un punto a otro o al infarto) es la línea recta. Si subes al Botánico en teleférico, puedes bajar en trineo, una reminiscencia del tiempo en el que personas y mercancías eran transportadas desde lo alto al puerto en carromatos sin ruedas por cuestas dignas del Angliru.
Y si te agrada la ciudad, espera a descubrir la isla. Alquilar un coche es económico y los madeirenses han sabido invertir los fondos de la Unión Europea en túneles y carreteras y, al contrario que en otros puntos de Portugal, conducen con prudencia. A partir de ahí, la visión de valles cerrados y profundos como Curral das Freiras (donde las monjas se refugiaron huyendo de los piratas) o acantilados brutales como Cabo Girao (uno de los más altos de Europa con sus 580 metros, al oeste de Funchal) son un ejemplo de lo que te espera.
En Pico Ruivo, el punto más alto de la isla, te sentirás flotar sobre las nubes en medio de cimas de pasado volcánico. Eso sí, no busques playas en Madeira y tendrás que conformarte con piscinas excavadas en la lava, aunque a 20 minutos en avión o dos horas y media en ferry se encuentra Porto Santo, completamente diferente a su hermana mayor y con nueve de kilómetros de buenas playas.

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