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PLANES tren alvia
Madrid a todo tren
Los nuevos ferrocarriles han conseguido que, por fin, este viaje tenga más de placer que de sufrimiento
16.11.07 -

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Madrid a todo tren
El País Vasco conserva algunos enlaces ferroviarios que sólo parecen aptos para fanáticos de la lentitud. Quizá un nostálgico de la era del vapor pueda encontrar tentadora la perspectiva de invertir dos horas y cuarenta minutos en ir desde Bilbao hasta San Sebastián o Logroño, pero, para la mayor parte de la sociedad, tales horarios sólo invitan a huir corriendo a mayor velocidad de la que alcanzan esos pobres trenes. La conexión tradicional con Madrid formaba parte del grupo de excursiones poco apetecibles: nada menos que cinco horas desde Vitoria y seis desde Bilbao, muchas veces en coches de involuntario aire retro. Pero, desde Navidad, los Alvia de Renfe permiten viajar más rápido y más cómodo y han obrado el milagro de convertir súbitamente esta ruta en un buen plan.
En el primer mes, los usuarios de la compañía aumentaron un 124% en Bilbao y un 207% en Vitoria. Y, en el segundo, GPS ha aportado su granito de arena a las estadísticas haciendo un viaje de ida desde la capital alavesa, en clase turista, y uno de vuelta hasta la capital vizcaína, esta vez en preferente. Como aquí se trata de ir muy rápido, adelantaremos ya la conclusión: los nuevos trenes, con su morro picudo y su acogedor espacio interior, suponen un cambio de siglo con respecto a la oferta previa, y en el tramo entre Valladolid y Madrid alcanzan una velocidad endiablada, que emborrona los detalles del paisaje. De todas formas, los entusiastas de la prisa preferirán seguir usando su automóvil hasta que funcione la ‘Y’ vasca, que situará Madrid a sólo dos horas de Euskadi.
Y ahora, repasemos. El usuario de los Alvia viaja libre de apreturas y trompicones: exceptuando a los profesionales del basket, resulta casi imposible tocar con las rodillas el asiento de enfrente, y las puertas deslizantes automáticas acaban con esa molesta prueba de obstáculos que era moverse por el tren. El pasajero está rodeado de adminículos como una papelera, colgador para abrigos, lamparilla, toma de auriculares con cuatro canales de música y, en teoría, enchufe, aunque en nuestro primer trayecto faltaba la toma eléctrica, ya que los coches más antiguos no las llevan. A cada extremo del vagón, una pantalla digital da la hora y la temperatura exterior, dato muy socorrido para animar las conversaciones del pasaje, siempre apasionado por la meteorología: «Mira, cuatro grados, y al salir de Vitoria había siete», se oía comentar a la altura de Manzanos. En cada trayecto se proyecta una película y un documental, y, aunque en esto siempre influye la suerte, la se­lección parece mejor que en otros trenes, con ‘María Antonieta’ a la ida y ‘Los Simpson’ a la vuelta. Finalmente, con esa vocación de convertirse en un avión que va por tierra, el ferrocarril también ha incorporado los folletos de seguridad, que aquí parecen más útiles que a 30.000 pies de altitud.
Pastel tres verduras
La apariencia de avión resulta particularmente llamativa en la clase preferente. Lo supo ver un vallisoletano que volvía de una despedida de soltero en Madrid: «¡Esto parece un ‘vión’!», profirió nada más entrar, con la voz todavía a volumen de discopub. En estos coches, a lo largo del viaje, un discreto trajín de azafatas provee al viajero de prensa, auriculares, zumo de naranja, pastas de té, caramelos, café, toallitas húmedas y, por fin, la ración de comida, que supone la diferencia más relevante entre las dos categorías de billete: el enviado especial de GPS dio buena cuenta de un desayuno consistente en «pastel tres verduras sobre salsa cremosa al comino acompañada de butifarra», un cruasancito, un bollo de pan con aceite, un yogur y un par de cafés, todo incluido en el billete.
Pero, seguramente, esta faceta hostelera no bastará para convencer a las personas refractarias al transporte público, que experimentarían como una refinada tortura el tramo final hasta Bilbao, allí donde la vía se impone al orgulloso tren y le obliga a circular a paso de burra. Es como si, después de viajar en un vertiginoso ferrocarril del siglo XXI, el pasajero despertase para encontrarse rodeado de carbonilla y humo de locomotora.

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