Una joven con traje estilo años 50 se aproxima al grupo. «¿Son ustedes los nuevos trabajadores de Astilleros Euskalduna? Debo conducirles a la empresa». Se llama Carola y viejas historias de Bilbao cuentan que cruzaba la ría desde Deusto distrayendo con su belleza a los operarios. Ella será la cicerone de esta visita en la que los turistas se transformarán en extras de una función teatral. Carola trabaja para un despacho de arquitectura. «Nos han pedido un proyecto sobre el futuro de la ciudad», comenta en secreto. A partir de ahí pasado y presente se intercalan de la mano de personajes perdidos en el tiempo que hablarán del entonces mientras la muchacha precisa detalles del ahora.
El listado de rincones comienza en El Arenal, antaño muelle portuario. Lo que cubría la arena lo cubren las baldosas. «Sobre las de los años 30 se esparcía viruta de hierro y arena gruesa para no resbalar en días de tormenta. Además, incluyeron surcos que desaguaban la lluvia». Nacía así uno de los símbolos diferenciales de la ciudad.
Un arrantzale se cruza en el camino. Calzado con alpargatas, txapela a medio lado, narra las desventuras de su oficio. «El pobre se embarca joven en bacaladeros y balleneros. Quienes faenamos en costa lo pasamos mejor, ¡en la ría hay angulas a puñados!». Entonces el mundo era otro, que se lo pregunten al cura de San Nicolás. Aparece con los nervios disparados porque en dos días inauguran la iglesia. Corre el año 1756 y con su recto porte eclesial explica los orígenes de la ‘hija’ de Don Diego López de Haro.
Nada es gratis en Bilbao
«Tenemos prisa», corta Carola, para seguir hasta el Ayuntamiento donde el funcionario de peaje espera la paga. Cruzar hasta la orilla izquierda no es gratis. Mientras llena la bolsa describe el edificio consistorial. «¡Vamos, que se me ahoga!». Un salvavidas pide paso. Bañador de cuerpo entero a rayas y gorro floreado. 100 reales de vellón si les saco vivos antes del cuarto de hora y 50 hasta la media». Resulta que a finales del XVIII algunos se ganaban el pan rescatando del agua a quienes caían.
El grupo avanza hacia el puente Zubizuri (el de Calatrava) mientras Carola comenta los edificios del Ensanche pertenecientes a la burguesía vasca, que daban la espalda a la ría para evitar su fealdad. Continúa hacia lo que en 1920 era el Depósito Franco, ahora ocupado por las Torres Isozaki. Y se detiene bajo el Puente de La Salve, cuyo nombre se debe a la oración que en ese punto rezaban los marineros agradeciendo la llegada a puerto. Más allá espera lo que fue el Campo de los Ingleses y una sorpresa. ‘Pichichi’, el mítico jugador del Athletic, anima a los visitantes a un partido contra un futbolista anglosajón.
Momento para comentarios deportivos. El campo sobre el que se desarrolla el delirante encuentro fue cementerio de ingleses desde 1605. Después, en ese terreno los niños se enfrentaban a las tripulaciones de los barcos anclados. Acabado el torneo toca hablar del Guggenheim y la Universidad de Deusto, impulsada porque la burguesía quería a sus hijos estudiando cerca de casa.
Unos pasos más subirán al puente Padre Arrupe desde el que Carola invita a admirar los barcos, el bullicio de los obreros, las sierras de los astilleros. Todo con los ojos de la imaginación, hasta que Ramón de la Sota, fundador de la compañía Euskalduna, introduce a sus futuros empleados en la historia naval. «El primer buque construido por Astilleros Nervión fue el ‘Infanta María Teresa’, que botó en 1890 la reina María Cristina».
Pero va siendo hora de despedirse. Las últimas explicaciones las da mientras un obrero piropea a Carola. Hasta al serio señor De la Sota afecta su belleza. Señala a lo lejos, hacia la imponente grúa roja cercana al Museo Marítimo. «Los trabajadores están pensando bautizarla, y creo que sé cómo la llamarán», concluye sin quitar ojo a la chica.