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El bastión del emperador es ahora un parador situado en un lugar de ensueño para recorrer la comarca fronteriza
18.01.11 -
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Carlos V (Hondarribia). Un palacio con vistas
Aún son visibles sobre la austera y noble fachada de este edificio las heridas que en su pedregosa piel dejaron invasiones y batallas. El Castillo de Hondarribia, reconvertido en parador de turismo, ha visto enfrentarse ante sus ojos de vidrio a soldados y caballeros hambrientos de gloria. Todos llegaron para vencer y se marcharon derrotados mientras él mantenía su porte imperturbable. Sus cimientos se levantaron por orden real en el siglo X, obedeciendo al antojo de Sancho Abarca de Navarra, aunque el rey Sancho El Sabio decidió ampliarlo y fortificarlo en el siglo XII.
No sería hasta el ascenso al trono del emperador Carlos V cuando definieran su rostro actual. Por entonces la cara del fortín, concebido como Palacio Real según atestigua el primer documento histórico en el que aparece mencionado (1802), era tersa como la de una doncella, y en su cabecera existía una plaza donde la tropa se ejercitaba en armas.
Un delicioso patio
La zona destinada a dependencias reales acabó reducida a escombros durante la invasión francesa de 1794. Poco de aquel aspecto queda ahora, pero el inmueble ha sabido mantener una atmósfera irreal salpicada de escondrijos, con un patio interior cubierto de piedra y vegetación que lo impregna de romanticismo. Arcos, forjas y artesonados adornan pasillos repletos de armaduras, lanzas y cañones por los que caminaron ilustres personajes, algunos en circunstancias más felices que otros.
Aquí cumplió condena por irreverencia el almirante Oquendo, héroe naval de la flota española. Ejerció como gobernador apenas cumplidos los 18 años el duque de Alba. Y pernoctaron el poeta Garcilaso de la Vega, el valido de Enrique IV de Castilla, Beltrán de la Cueva, el Marqués de Villena o el Marqués de Spínola, retratado por Velázquez en ‘Las lanzas’ tras la rendición de Breda.
Favores reales
Entre la tranquilidad de sus elegantes estancias, aprovechando las vistas al estuario del Bidasoa con la costa francesa de fondo –increíbles aún hoy desde la terraza del parador– caminarían taciturnos monarcas como Carlos V, Felipe II, su tercera esposa Isabel de Valois, o Felipe IV antes de que el tiempo acabara con el esplendor de este paraje, transformándolo en costosas ruinas a cuyo usufructo renunció el municipio ofreciendo la fortaleza en pública subasta, hasta que la reina María Cristina presionó para devolverla a la localidad, a finales de los años 20.
Un prolongado proceso de restauración haría renacer el castillo como parador en 1968. Desde entonces, amantes de los escenarios históricos, deseosos de sentir sobre su piel las brisas que inspiraron a notables hombres y mujeres, han pernoctado en sus dormitorios. Una de las estancias, la suite 301, está dedicada a la monarca que hizo posible su rescate, se ha convertido en la estrella gracias a una bóveda que imprime aspecto de real magnificencia y a una cama de dos por dos metros con dosel digna de sangre azul.
Algunos de esos nombres son anónimos. Otros como los de Sofía Loren, Paco Camino, Natalia Figueroa, Georges Pompidou o Camilo José Cela dan fe de la singular importancia que este lugar sigue gozando tras siglos de avatares.
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