Al contemplar ya en el siglo XXI los restos –recuperados o en vía de recuperación o esperando, somnolientos, su restauración– del pasado industrial, ferrón, papelero, marinero, molinero y ferroviario de Guipúzcoa, el caminante se encuentra no sólo con la Historia sino con la Naturaleza que ha tomado posesión de chimeneas, torres, compuertas, carriles abandonados por el hombre en busca de un futuro más próspero o impulsado por el progreso.
Llegar a Zerain dejando la N1 en Idiazabal dirección a Segura, adentrarse en la Montaña de Hierro del corazón guipuzcoano y contemplar la belleza gigantesca de los hornos de calcinación, setas pétreas y fantasmales donde se explotaba el carbonato de hierro de las minas a cielo abierto, causa desasosiego. Aunque recuperados, la hiedra, las enredaderas, la bruma, los restos de la escoria petrificada componen con ellos un paisaje irreal bajo las brumas del otoño, y el cono metálico de tres cuerpos de su interior se diría la proa de una antiquísima nave espacial.
El senderista fascinado penetrará en las galerías San Anacleto o Santa Lucía. Puede, si quiere, bajar al pueblo y comer en Mandio o en el Ostatu (T943801705, T943 801799). Puede pillar carretera hacia Ormaiztegi para quedarse clavado bajo los imponentes pilotes que sostienen una increíble obra de ingeniería: el viaducto, construido en 1864 por el visionario ingeniero Lavalley por orden de la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España para salvar lo que parecía insalvable en el trayecto Madrid-Irún: la cordillera del Aitzgorri.
Obreros llegados de toda Europa levantaron esta estructura emblemática de la arquitectura del hierro (18.000 toneladas, 30 metros de altura…) por la que circularon trenes hasta 1995. Durante la Guerra Civil, los trabajadores de los Altos Hornos de Bergara (otra de las riquezas de nuestro patrimonio industrial) cortaron el puente con sopletes para que los franquistas no pudieran pasar. Los rebeldes llegaron al día siguiente y fusilaron a los ferrones.
En Ormaiztegi, el explorador del patrimonio industrial comprará morcilla buena en la carnicería de los Murua Garmendia (plaza Maiora) y comerá un hojaldre con gambas en el Kuko (plaza Berjaldegi). Eso o partir dirección al mar, camino de los cargaderos de mineral de Mollarri, también en vías de recuperación, orgullo absoluto de Zarautz y sorprendente obra de ingeniería, dado que el mineral que llegaba del lejano Asteasu era transportado por trenes aéreos hasta un islote rocoso donde fondearían los cargueros. En la isla de piedra, colonizada por las gaviotas y azotada por los temporales, se vislumbran aún los pilones de piedra que sostenían los cables de las vagonetas, creación de otro artista de la ingeniería, Guillermo Vahl (1891). Con el Ratón de Getaria a la derecha, quedan restos en tierra firme del almacén de carga, trabajo en sillarejo de mampostería en piedra arenisca. A Mollarri se llega a través del camping y se vuelve allá para comer en el Itxas Berri (T943131619).
Ahora se cogen las curvas, tremendas, del Alto de Orio camino de Aia. De Agorregi, conjunto ferromolinero conservado mimosamente. Ruedas de molino, traviesas hidráulicas, cascadas y la presencia del espíritu de las gentes que, desde el XVI, llegaban a los pliegues de las faldas de Pagoeta a moler maíz. Una vez en Aia, uno se acerca al restaurante de Edurne Pasaban, el Abeletxe, después de tomar todas las curvas del camino que baja y acaba en Zizurkil (T943396983). Aunque sólo sea para comer un potente plato combinado. Porque hay que coger la N1 y dejándola en Hernani, la gasolinera Caravel de referencia, acercarse, camino de Fagollaga/Ereñozu, a la Real Fábrica de Anclas de Gipuzkoa. Fundada en 1750 y hoy totalmente abandonada, fabricó anclas fabulosas para la Armada Española. Los árboles crecen en su tejado destruido y los nogales se enredan en viejas maromas entre cajas de cerveza. Con la nostalgia fascinada en los ojos, paramos en el Fagollaga (T943551126) a degustar foie gras con caldo de pollo escabechado.