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La troupe llega a Euskadi con ‘Varekai’, un mundo de seres fantásticos lleno de color, talento y sensibilidad
25.03.09 -

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'Varekai', Circo del Sol (Bilbao).  Triple salto mortal
«Había una vez... Un circo, que alegraba siempre el corazón». ¿Se acuerdan de aquel pegadizo estribillo? Lo cantaban en los años 70 los célebres ‘payasos de la tele’. Tres décadas después del inolvidable boom infantil de esos históricos de las carpas –Gabi, Fofó y Miliki–, en el mundillo se ha instaurado la ‘dictadura’ del Cirque du Soleil. Sus increíbles explosiones de colorido e ilusión protagonizadas por inconfundibles seres extraordinarios gobiernan en cada rincón. Saltimbanquis, contorsionistas, malabaristas, músicos, cómicos... Virtuosos de toda índole conforman la familia circense más extensa del planeta. Su último espectáculo rodante se llama ‘Varekai’ –que en romaní significa ‘en cualquier lugar’– y aterriza el próximo jueves en Bilbao con 56 artistas a bordo. Llega la caravana de la fantasía.
Todo es posible en ‘Varekai’. Cuando la música empieza a retumbar y se apagan las luces, es inevitable dar rienda suelta a la imaginación. El público lo hace. Los ‘nativos’ también. ¿Cómo? Aprovechan la caída de la oscuridad para recrear la historia de un visitante inesperado caído del cielo, Ícaro, en medio de una inmensa algarabía. Como comprobarán, cualquier parecido con el mito griego es pura coincidencia. Quizás sólo coincida con el personaje helénico en el ansia de volar, aunque, en lugar de alas, en la última versión el protagonista utiliza una gran red para suspenderse en el aire.
Más difícil todavía
No sólo el inicio es electrizante. Catorce números en escena durante cerca de tres horas –con un descanso de 30 minutos para reponer fuerzas a mitad del evento– dan para mucho. Las acrobacias se intercalan con buenas dosis de humor. Dos personajes de apariencia seria, Mooky y Steven, son los encargados de dibujar una sonrisa en la boca de los asistentes con apariciones tan absurdas que resultan desternillantes. Es imposible abstraerse. Saltos, volteretas y coreografías inverosímiles ponen luego la nota exótica.
Bien. Se preguntarán qué pasa con la música, si suena con calidad y logra adaptarse a lo que ocurre en el escenario. ¡Como para no hacerlo! Al contrario de los musicales, los espectáculos de la compañía americana tienen por costumbre que una banda actúe en directo. Aquí los músicos son siete, nueve sumados los dos cantantes: un hombre (el patriarca) y una mujer (la musa). Eso de mezclar los rituales hawaianos con gospel, sonidos tradicionales armenios y canciones de trovadores le ha salido de cine a la buena de Violaine Corradi.
La ficción supera a la realidad en ‘Varekai’, un reino donde incluso el visitante puede ser parte activa de la velada. Es frecuente que los artistas se paseen por el patio de butacas. Y al revés. En cada sesión un espectador elegido al azar acaba por sumarse al show. En un número cómico, por supuesto. Olvídense de dar brincos. Eso es cosa de los especialistas.
Si alguien quiere hacerse con una entrada, deberá darse prisa. Ocupar uno de los 2.000 asientos en el medio círculo del Grand Chapiteau no es tarea sencilla. En las recientes visitas del espectáculo a Madrid y Sevilla las gradas siempre estaban a rebosar, y en vista del fulgurante ritmo en la venta de tickets para asistir al recinto de Botica Vieja, en tierras bilbaínas puede ocurrir lo mismo. El lleno está garantizado. Más de 2.500 actuaciones en ocho años avalan a ‘Varekai’.

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