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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

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La visita al viejo taller de boinas es un recorrido sentimental por la vida de cuatro generaciones
21.10.08 -

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La Encartada (Balmaseda). La fábrica de la nostalgia
Visto desde fuera, desde la cercana carretera que nos lleva al Valle de Mena, el edificio parece un balneario. Su aspecto y el entorno, un río de aguas cristalinas y el bosque, parecen confirmar que nos encontramos ante una estación termal de esas que, como en Zestoa, frecuentaban las clases pudientes a finales del siglo XIX. Error. El conjunto que se alza ante nosotros es una fábrica fundada en 1892, según principios que tenían que ver con conceptos más humanistas que las crueles minas que por esa época explotaban a miles de hombres y niños a pocos kilómetros. Viviendas dotadas con adelantos impensables para la época, como agua corriente y retretes, una escuela para los hijos de los trabajadores y huertos para el consumo propio completan el retrato de lo que fue una factoría a lo largo de cien años y ahora es un museo vivo.
Es La Encartada, la gran fabrica de boinas situada en las afueras de Balmaseda, un estupendo ejemplo sobre la vida y la producción textil en tiempos que no son tan lejanos, ya que la planta cerró sus puertas en 1992 y dio empleo a cuatro generaciones de vecinos de la localidad. Piénsalo bien y comprenderás que cuatro generaciones suponen mucho sudor, recuerdos y nostalgia. Tantos como las voces que se escuchan en el audiovisual que anticipa la visita guiada, donde resuenan palabras cercanas, las mismas que pronuncian personas que trabajaron y criaron aquí a sus hijos.
Este documental está vivo: habla del frío del invierno en los pabellones, de las urgencias y la falta de dinero, pero también de las alegrías y los momentos de fiesta. Sus caras, que aparecen al final de la proyección, dicen más que mil imágenes. Luego, durante el recorrido por el museo, veremos los lugares donde trabajaban y las máquinas, tan avanzadas que un siglo después de su instalación seguían en funcionamiento. Poco o nada ha cambiado en La Encartada, que nació con la vocación de ser autosuficiente y generaba, gracias a un canal del río Cadagua, la energía necesaria para mover todos los dispositivos. Aún hoy, la fuerza del agua se aprovecha para producir electricidad.
La casa del señor
Un complejo sistema de poleas y correas de cuero movía todas las máquinas, que limpiaban, secaban y cardaban la lana antes de que la ‘selfactina’ (del inglés ‘self act’, traducible por mando automático) elaborara los hilos devanados de 365 husos al mismo tiempo. En su mejor momento, en la década de los 60, La Encartada dio empleo a 130 trabajadores, mujeres la mayoría, cuyos nombres y salarios encontraremos en una sala de exposiciones. Los hombres se dedicaban en general a los trabajos más pesados, no directamente relacionados con la confección, sino con el mantenimiento o el transporte y limpieza de la lana.
El edificio principal alberga también la residencia de los propietarios, la familia del indiano Marcos Arena Bermejillo, cuyas estancias han sido recreadas con sumo gusto para ofrecernos una idea aproximada de la comodidad con la que vivían, en comparación con los dos modestos bloques de viviendas de los obreros. Entre los proyectos del museo figura rehabilitar estos pisos para trasladar al visitante a aquellos tiempos tan duros.
El recorrido, sumado el paseo por un agradable parque de 20.000 metros cuadrados (al que parecen haber tomado gusto los jabalíes, según revela el terreno hozado), te ocupará más de una hora, que podrás completar con la visita a la exposición temporal ‘El Papel de la Moda’ (prorrogada hasta el 16 de noviembre), en el que se cuenta la evolución del vestido femenino a través de un centenar de maniquíes ataviados con prendas confeccionadas en papel.

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