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Perfeccionismo, belleza y exclusividad se dan la mano en el museo de Rolls Royce más importante del mundo
28.03.11 -
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Museo del Rolls Royce (Galdames). El motor de la elegancia
Esta una historia de amor y lujo, o mejor dicho, una historia de amor por el lujo. Comienza en la localidad inglesa de Derby y acaba en la vizcaína de Galdames, aunque el punto final aún no está escrito. Henry Royce, Charles Stewart Rolls y Miguel de la Vía son sus coprotagonistas. Los primeros disfrutan ya del rango de leyenda, el último ha colaborado para mantener el mito. Podría empezar como empiezan muchos cuentos, érase una vez un hombre amante de la elegancia y el motor que decidió rendir culto a ambos ídolos. Se le antojó crear su propia colección de autos de lujo. Y lo consiguió. Añoraba reunir los que había conducido su familia, deslumbrantes Porche, Mercedes, Jaguar… con apellido de postín. Los años y el dinero de sus negocios en canteras materializaron ese sueño, que con el tiempo creció hasta rozar la avidez.
Gracias al entusiasmo de Miguel de la Vía, Vizcaya cuenta con la recopilación de Rolls-Royce más importante del mundo, una muestra formada por 75 vehículos antiguos de diversas casas, 45 provenientes de la marca británica. Y aunque se trata de un museo, no hay ninguna pieza que el tiempo convirtiera en chatarra, cada motor ruge al accionar el contacto. De eso se encarga casi desde el principio José Ángel Durán, que mantiene a punto piel y entrañas de estas delicadas joyas «a las que hay que cuidar mejor que a un niño», según explica.
En un pajar
Lo increíble del lugar, además del enclave erigido en una casa-torre medieval, es que alberga un compendio de todos los modelos de Rolls-Royce desde el nacimiento de la firma a principios del siglo pasado hasta su adquisición por BMW en los 90, tanto en su variante europea –montada en Derby– como americana –en Springfield, Massachussets–. Con un valor añadido, varios están firmados por exclusivos carroceros como Barker, Brewster o Wilkinson, auténticos diseñadores de chapa que revestían chasis y motores, los dos únicos elementos que en sus orígenes fabricaba la empresa, siempre por encargo.
«Aquí hay modelos que ni siquiera la propia casa posee, con eso cualquiera puede hacerse a la idea de lo que alberga esta exposición». Son vehículos llegados desde distintos puntos del planeta, a través de subastas o compra a otros fanáticos, aunque también hay casos de rescate in extremis, como el de un Silver Ghost Tilbury (1926) salvado de un pajar inglés con nido de gallina incluido, que ahora reluce como nuevo.
«Cuando conseguimos un coche lo llevamos a Inglaterra para que evalúen su estado. Lo importante es que esté bien el motor. Si sirve, allí hacen algunas reparaciones y el resto las completamos aquí. Las piezas que faltan también las fabrican ellos, idénticas a las de la época. Recuerdo perfectamente el día en que conseguí arrancar ese Silver encontrado en la granja, fue una gran satisfacción».
En los árboles genealógicos de estas adquisiciones están inscritos nombres de poderosos dueños. Hay carrozas del XIX pertenecientes a los condes de Urquijo, dos Silver Wraith (1953 y 1958) utilizados por la Reina Madre de Inglaterra, un Silver Ghost (1923) al que el marajá de Jaipur añadió bocina con forma de serpiente. No fue el único que optó por tunear el auto. Los caprichos de sus adinerados usuarios se concretaban en la suma de techos solares, sillas plegables para niños, muebles bar o escritorios, como el que puede verse en un Phantom V (1961) de seis metros de largo.
Dos toneladas de clase
También en la negativa a pintarlos para conservar un ostentoso color aluminio que ciega en días soleados o la colocación de un asiento extraíble en la parte trasera, el ‘matasuegras’ o ‘ahí te pudras’, donde las sirvientas sufrían el bochorno durante las jornadas de picnic. Y es que Rolls-Royce siempre se distinguió por ofrecer el mayor confort a sus clientes, doncellas aparte. Algunos tan insignes como Lawrence de Arabia o Lenin aparecen en fotos que expone el museo. Y destacan también por su robustez. «Pesan alrededor de 2.000 kilos, disponen de motores resistentes, de mucha cilindrada y pocas revoluciones, al contrario que ahora. Los ingleses son muy perfeccionistas a la hora de construir, si hacen falta seis tornillos ponen doce, por eso arreglarlos es como resolver un rompecabezas, requiere paciencia y trabajo artesanal. Acabas obsesionado, soñando con ellos, pero el día que lo logras, la sensación es increíble».
Tan impresionante como admirarlos en esta muestra cuya vocación es seguir creciendo. De ahí lo de que la historia no tenga punto final.

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