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La Iglesia producía sus caldos en estas instalaciones, las más antiguas de Euskadi
13.11.09 -
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Casa Primicia (Laguardia). La bodega de Dios
Cuando las piedras hablan, cuentan historias inéditas. Los arqueólogos son los traductores y los guardianes de ese idioma que sirve para destapar misterios y responder preguntas centenarias. En el edificio Primicia, el solar civil más antiguo de Laguardia, los restos pétreos han comenzado a narrar otra historia del vino, desconocida y sorprendente. Hasta ahora se sabía que en este emblemático lugar, incrustado en la mismísima muralla de la capital riojanoalavesa, la Iglesia cobraba los diezmos y las primicias, los impuestos que obligaban a los fieles a pagar una décima parte de la cosecha y una cuarentava parte de los primeros frutos de sus campos.
Tras el estudio arqueológico y una restauración del edificio que ha durado tres años por encargo de la familia Madrid, propietaria de la bodega Casa Primicia, se ha sabido que después de la fundación de la villa por Sancho Abarca de Navarra hubo en este lugar una casa palacio entre los años 1050 y 1420, aún bajo dominio de los reyes pamploneses. De ellos da testimonio el piso de grandes piedras del siglo XI que ahora puede verse bajo un suelo de cristal transparente. También era conocido que, desde 1420 hasta 1836, la Iglesia, tras comprar el edificio a uno de los grandes linajes de la villa, lo convirtió en el lugar donde se recaudaban sus impuestos. Pero lo que no se sabía es que los miembros del Cabildo prepararon el edificio de tal manera que funcionaba como una gran bodega que producía uno de los mejores vinos de la época.
Otro de los hallazgos es que, en contra de lo que se pensaba, no hay restos de cereales, primordiales en la dieta medieval. Todo lo encontrado tiene que ver con el vino. Lo cual confirma que el fruto de la vid formaba parte de la alimentación diaria de aquellos hombres y mujeres. El Cabildo decidió instalar una puerta por la que debían entrar los carros con la uva. Tiene el mismo tamaño que las otras cinco puertas que dan entrada a la muralla de Laguardia y aún se conserva parte de ella en el interior. Una reliquia de casi 600 años.
160.000 kilos
La otra gran obra fue construir cuatro enormes lagares de piedra de sillería a la altura de la calle, para introducir la uva y elaborar el vino. Se instaló además una prensa de madera. Se pueden ver todavía los pilares que la sostenían y la pila donde se recogía el zumo. No podían saberlo entonces, pero la caliza de los lagares mejoraba la maceración carbónica de la uva. «No siempre, pero, si los cambios de temperatura no les fastidiaban el proceso, hacían vinos espectaculares», resalta Iker Madrid, el joven gerente de la bodega, que ha heredado de su padre, de sus tíos y de su abuelo Julián la pasión por este mundo.
Pero no se acaban ahí las sorpresas detrás de la gran puerta del número 78 de la calle Páganos. Había que conservar la producción de unos 160.000 kilos de uva, el diez por ciento de la cosecha, y para ello existían dos calados o cuevas situados a diez metros de profundidad, el conjunto más grande y mejor conservado de la villa. Laguardia tiene en este mundo subterráneo una de sus señas de identidad. Hay más de 200, algunas en penoso estado. En Primicia se pueden disfrutar con todo su misterio. El nevero, los luceros, el respiradero, los arcos fajones, el suelo antiguo y esas extrañas paredes de cantos rodados, arena y humedad que conforman unos sugerentes espacios abovedados de hormigón natural que impiden el derrumbe de lo construido encima.
El plan de Zalacaín
Al fondo de uno de ellos, un pasadizo cuenta una historia increíble. La cita Pío Baroja en ‘Zalacaín el aventurero’. Es una escapatoria que sale por debajo de la muralla hecha para tiempos de sitio. Zalacaín conoce su existencia y se plantea entrar por allí en Laguardia, «entre la puerta de Páganos y Mercadal», controlada por los carlistas. En medio de la historia, 201 barricas borgoñesas de roble francés –225 litros cada una– descansan a 12 grados de temperatura invariable. Sus propietarios son los miembros de la nueva Cofradía Casa Primicia, que tienen derecho a utilizar las estancias y los salones de la casa. Tres de las habitaciones tienen vistas espectaculares al ocaso desde los mismos muros, abiertos por balcones con paredes de más de un metro de espesor.
La Iglesia perdió el edificio con la desamortización de Mendizábal en 1836. Treinta años después, pasa a manos privadas y en 1973 Julián Madrid, patriarca de la nueva saga propietaria, rescata el edificio para la historia, pues lo utiliza para sus excedentes y para elaborar vino. La gran restauración ha durado tres años y medio.
El edificio, de una planta a la altura de la calle Páganos, acaba con tres plantas y los calados. La fantástica rehabilitación ha permitido rescatar del túnel del tiempo esta inédita historia de amor al vino.

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