'París 100 años' San Sebastián
Colección: Petit Palais de Ginebra.
Dónde: Sala Kubo del Kursaal (Playa Zurriola, 1). Entrada gratuita. Catálogo: 35 euros.
Hasta cuándo: Hasta el 5 de abril de 2010.
Horarios: 11.30-13.30/ 17.00-21.00 horas.
A San Sebastián nunca llegó un inglés por ver la ría y el mar. A Saint Sébastien siempre vinieron los franceses. Estaban tan cerca... A no más de veinte kilómetros. Al otro lado del Bidasoa y del Puente de Santiago. A decir verdad, a Donostia sí llegaron los ingleses. Pero no por quedarse, como en Bilbao, sino a masacrarla en 1813. Por afrancesada, claro. Volverían más tarde. A defender a los ciudadanos liberales contra sus oscuros hermanos carlistas. No lo hicieron del todo bien, francamente. Una admirable exposición en la Ganbara del centro cultural Koldo Mitxelena titulada Basque Sketches muestra actualmente litografías, grabados y acuarelas de los grandes ilustradores británicos que acamparon por aquí durante la I Guerra Carlista.
Pero no, minucias. El único vestigio de que algún anglófilo debió haber por esta ciudad fue una gloriosa sastrería situada casi junto al palacio foral en la Plaza Gipuzkoa llamada New England. Hoy, su amado solar está ocupado por un bazar chino, así que los amantes del punto Príncipe de Gales y de la cerveza de jengibre (ahora presente en las tres tiendas Solbes de Donostia) solíamos avituallarnos en el gran almacén Old England del…. ¡Boulevard des Capucines, París!
No, San Sebastián nunca fue británica aunque jugase al escondite inglés. Afrancesada, sí. Hasta en el cauce de su río, el Urumea, que entra en el mar bajo tres puentes que sueñan con ser Le Pont Neuf, Le Pont Royal o el Puente del Alma: Santa Catalina, Kursaal y María Cristina, construido éste a la manera del Alejandro III parisino.
Traficantes de hombres
Con cartesiana lógica, el Urumea, llamado por los soñadores, le ‘petit Sena’, atraviesa el Paseo de Francia, donde estuvo el Instituto Francés, epítome de la enseñanza libre en los tiempos de la dictadura. Y el consulado. Hay historias tristes en torno a esa alameda. Cuando llegaban al otro lado del puente, los traficantes de hombres de los años 60-70 hacían creer a los emigrantes portugueses que ya estaban casi en Francia. Les decían que el Urumea era el Bidasoa, la bandera tricolor del Instituto la de Hendaya y la estación del Norte, construida, cuenta la leyenda, por colaboradores de Gustave Eiffel, la primera francesa que veían. Y allá los abandonaban a su suerte.
En 1794, San Sebastián se entregó a los franceses tras haber sido ocupada por primera vez en 1719 y reforzada con una guarnición de 2.000 soldados. Franceses, naturalmente. Desde esas fechas, Donostia es una de las pocas ciudades del mundo cuyo nombre se traduce al idioma de Molière. Mientras que Madrid es Madrid y nadie en el Hexágono dice Le Nouveau York, San Sebastián (como Zaragoza-Saragosse) se nombra en francés Saint Sébastien. Quizás por eso, la más antigua vinoteca del lugar (Eceiza, calle Prim) reconoce estar siempre dispuesta au rendez-vous des françaises.
La calle Prim, por cierto, es otra de las vías donde un parisino se sentiría chez lui: a sus portales sólo le falta una de esas increíbles porteras parisinas (siempre son españolas o portuguesas) para creernos en cualquier arrondissement de París.
Por todo lo escrito, es justo y necesario que, tras haber albergado la exposición ‘Donostia-Biarritz, 1900/1936. Del Modernismo a las Vanguardias’, esta ciudad se recree ahora en la visión de ‘Paris 100 urte/años’. En la sala Kubo. Hasta abril.