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Los trabajadores de una cantera descubrieron hace ahora 50 años una de las más impresionantes simas, donde las estalactitas desafían la ley de la gravedad
05.10.09 -
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Cuevas de Pozalagua de Carranza
Un grupo de visitantes recorre las galerías de la sima, que mantiene una temperatura estable de 13 grados./ Jordi Alemany.
En lo alto de la peña Ranero, a las puertas del cielo, junto a un impresionante mirador sobre el valle de Carranza, se encuentra una de las más bellas entradas al centro de la Tierra. Bueno, en realidad sólo se adentra unos 125 metros en la montaña, pero la incomparable acumulación de estalactitas excéntricas, que giran y siguen creciendo hacia el techo desafiando toda lógica, consiguen que el visitante se sienta tan impresionado como el joven Axel en el libro de Verne.
Oculta durante unos 40 millones de años, una voladura en la cercana cantera de Dolomita la sacó a la luz el Día de los Inocentes de 1957. Un feliz capricho del destino, que si bien obligó a cerrar la explotación, hoy permite disfrutar de una preciosa sala central sin parangón. Con una bóveda de 20 metros sujeta por majestuosas columnas de caliza, dolomía y óxido de hierro, forjadas gota a gota y decoradas por las delgadas, frágiles y huecas estalactitas excéntricas, Pozalagua es la cueva del mundo con mayor concentración de estos antojos geológicos sin explicación.
Y sigue viva. «Cada 100 años las estalactitas crecen un centímetro», explica la guía Conchi Trevilla. De su mano, unas 45.000 personas descubren este paraíso subterráneo cada año. «Los niños preguntan si los techos están hechos de plastilina», y es fácil entender el porqué después de visitarla.
En sus paredes se puede encontrar la cara de una bruja; un sauce llorón, una bandera con forma de lámina de panceta y hasta una columna con forma de órgano de iglesia. «Si se sabe hacer, se le pueden sacar las notas golpeándolo con una varilla», asegura.
En cualquier caso, está prohibido tocar las estalactitas por motivos de conservación. «Bastante ha sufrido la cueva», lamenta Trevilla. La cantera estuvo activa hasta 1976 y con la última voladura, realizada después de recibir la orden de cierre, «quisieron despedirse por todo lo grande». En el centro de la sala, debería haber un lago en el que se refleja el techo, pero aquella traca final causó unas grietas por las que se filtra el agua. Otras columnas resultaron también dañadas, aunque en la parte seccionada han aparecido nuevas curiosidades. ‘La chuleta’ y ‘el solomillo’ son dos buenos ejemplos. «Como en los árboles, dentro de las columnas, que sí son macizas, al contrario de las estalactitas excéntricas, se forman círculos que no indican años, sino periodos geológicos», aclara.
El recorrido, accesible para personas en silla de ruedas, siempre guiado, dura unos 45 minutos. No se pueden sacar fotos y los grupos nunca superaran las 80 personas. Si tiene claustrofobia no sufra, el interior de la cueva se parece bastante a un palacio barroco, incluso a una de las paredes la han bautizado ‘Versalles’. Y no olvide el jersey, la sima mantiene una temperatura estable de trece grados.
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