Labraza merece una visita por muchas razones. Es la villa fortificada más pequeña del País Vasco y, según el Círculo Internacional de Ciudades Amuralladas, que tiene pinta de saber de estas cosas, una de las mejores conservadas del mundo. Los muros defensivos que la rodean fueron levantados en la última década del siglo XII, y si se mantienen en un estado tan envidiable es, sobre todo, gracias a la acción de los vecinos del pueblo, que durante generaciones la han ido convirtiendo en su hogar.
En esas paredes de dos metros y medio de grosor, que hoy también son las de sus casas, se han ido abriendo ventanas, neveras en las que conservar los alimentos, bodegas... El mes pasado, 35 vecinos, un tercio de la población de Labraza, viajaron a Canterbury para ser felicitados por esa singular política de conservación. En el concurso, que se celebra cada tres años, habían vencido a colosos como Vitoria, Plasencia y a los ingleses de Chichester.
Para mostrar esta joya, la Diputación de Álava organiza los domingos unas visitas teatralizadas –divertidísimas, muy recomendables para todo el mundo y realmente educativas– que explican de forma sencilla la razón de ser de este pueblo. En su minúscula superficie, no mucho mayor que la de un campo de fútbol, Labraza alberga cuatro torreones, un alcázar, almenas, pasadizos y túneles secretos, saeteras, pasos de ronda… Vamos, que reúne todos los elementos para convertirse en una especie de parque temático del Medievo, repleto de santimbanquis y perfumado con olores de talo y chorizo.
En 1196, tras la concesión del fuero por el rey Sancho el Fuerte, se convirtió en una villa con jurisdicción propia. Construida en un alto, era poco menos que una inexpugnable ciudad fortaleza de importancia estratégica, por fronteriza, entre los reinos de Castilla y de Navarra. La iglesia de San Miguel, del siglo XVI pero remodelada posteriormente, domina el casco urbano. Es aquí donde los visitantes, de la mano de los actores de la compañía teatral Sapo, comienzan una ruta por esta maravillosa miniatura de otra época.
Un alma en pena
Un centinela medio dormido, dos comadres alocadas y vocingleras, un bardo y la guía son nuestros acompañantes por las callejas imposibles de Labraza. Con ellos, el ojo del visitante se va entrenando. Le hacen fijarse en los arcos que enmarcan las viejas puertas de roble, en los escudos de armas, desgastados ya, en las piedras de sillería… Piezas imponentes, que uno esperaría encontrar en un museo, pero que aquí son de verdad, cumplen su función, están donde deben estar.
Un siniestro personaje enfundado en una larga túnica negra se cruza de pronto en nuestro camino. Es el alma en pena de Pero Ferrand, un cura labraceño asesinado en 1522 en circunstancias poco claras. Una lápida lo recuerda:sirve para que el pueblo continúe chismorreando sobre sus líos de faldas y aireándolos ante los forasteros.
Visitamos la antigua posada, situada en una mínima y encantadora placita, y en tres zancadas llegamos a la portada sur, ésta sí, majestuosa. La ruta ha concluido, pero el visitante debería callejear todavía un rato, dar varias vueltas al pueblo y descubrir pacientemente los muchos secretos que esconde esta maravilla arquitectónica, como la Fuente del Moro, del siglo XIV, en cuyo interior encontramos un caño decorado con un rostro de aspecto, dicen, moruno. Esta fuente, excavada en la ladera sur de la muralla, contaba con un pasadizo que la atravesaba y que probablemente fuera utilizado para entrar o salir en caso de asedio.
Quienes quieran lucirse con una referencia literaria deberían hojear ‘El Mayorazgo de Labraz’, la novela que Pío Baroja, se especula, escribió con Labraza como referencia.