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El paseo de los Ingleses, sus calles multiculturales y el delicioso Mediterráneo incitan a viajar a la ciudad
06.10.11 -
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Niza (Francia). La bella mestiza
Desde hace 400.000 años los seres humanos saben que Niza (Nikaïa, Nicea, Nissa, Nizza, Nice) es un lugar hermoso, sereno y delicioso para vivir, Ha sido deseada por propios y extraños: ligures, griegos, romanos, los primeros marselleses, los sarracenos, los genoveses... La conquistaron los condes de Provenza y años más tarde (en 1388) se puso bajo la protección de los de Saboya, Carlos I de España la poseyó. También Francisco I de Francia, Barbarroja la saqueó y en 1600, un hugonote, el duque de Guisa, le devolvió su honor y su libertad. Pero pronto volvió a ser moneda de trueque. La entregaron a Cerdeña y en un referéndum (dicen que amañado) volvió a ser republicana y francesa. A un precio muy alto: le prohibieron su lengua, variante nizzarda del precioso occitano, el idioma de los gentiles trovadores. Se recupera poco a poco y a veces oyes en las callejas decir ‘alura’ (entonces) o ‘bouón jou’ (buen día).
Desde hace 400.000 años, cuando un puñado de cazadores se asentaron en Terra Amata, al lado de una fuente de agua dulce y sobre una playa de piedras.Ojo, los maravillosos cantos rodados de las arenas de La Promenade des Anglais, son poco propicios para nuestros pies, acostumbrados a los finos arenales del Cantábrico, pero están lisos y hermoseados por el eterno contacto con el Mediterráneo, que en francés se nombra en femenino.
Vuelo desde Biarritz
Desde entonces hasta ahora mismo, con EasyJet volando a su aeropuerto desde Barcelona, SpainAir aumentando la frecuencia de sus vuelos desde El Prat y Air France conectando a los vascos con los herederos de los ligures desde Biarritz (www.airfrance.es) en trayectos con una rápida, feliz y tranquila escala en Lyon, el aeropuerto que llecva el nombre del aviador que escribió ‘El principito’, Antoine de Saint Éxupery.
Desde hace 400.000 años hasta hoy mismo cuando Niza está habitada no solo por provenzales de vieja estirpe sino por puñados de orientales que recuerdan al viajero que Vietnam una vez se llamó Indochina y fue francesa.Vietnamitas y gentes llegadas de Argelia y Marruecos son los nuevos nizzardos y ocupan las calles cercanas a la estación de tren. Cerca del hotel Plaisance, en la rue Lamartine se degustan exquisitos dulces tunecinos y los cus cus de Pronto’s Pizza (31 del Boulevard Rambaldi) son inconmensurables.
Pero entre la Antigüedad prehistórica y el hoy mestizo tendremos que situar a un personaje igual de excéntrico y legendario: en 1776, el autor de la muy provocativa novela Tristam Shandy, Laurence Stern escribió su Viaje sentimental por Francia e Italia. El libro tuvo tanto éxito entre los burgueses gentilhombres y las damas ilustradas de Gran Bretaña que empezaron a acudir entusiasmados a descansar en Niza. Con el tiempo llegaría la reina Victoria. En 1820 se construyó el Paseo de los Ingleses. Más tarde llegaría el zar Nicolás II y la zarina. Se inaugura el Negresco… Niza no es que esté en el mapa. Es que todos los caminos de tierra y agua llevan a ella.
Grandes fortunas se dilapidan en su casino, el Palais de la Mediterránee. Aparecen Isadora Duncan, Scott Fitzgerald, Chagall, Matisse. Los aliados la bombardean en maniobra de despiste para que los nazis no intuyan el Desembarco en Normandía... Pero Niza resiste porque nadie abandona un lugar donde el mar es tan azul, la luz tan limpia y el sol entra por tu balcón desde la seis de la mañana. Resiste, se reconstruye, se reinventa. Entre ramilletes de lavanda, bocados de socca (la pizza autóctona), olores a buganvilla. Desayuna pan con aceite en las mesas corridas de madera del Mercado de las Flores. Porque el aceite de la Provenza a veces sabe a frutos secos y otras a almendra o a manzana verde y degustarlo acaba siendo emocionante.
Todo está cerca
Niza, otoñal, es sencillamente un bellezón. Porque el sol sigue levantándose pronto y acostándose tarde. Porque abordar y saltar del tranvía a lo largo de la Avenida Jean Medecin es un lujo. El tranvía te lleva hasta el barrio viejo y más allá. El barrio de las terrazas abiertas hasta la medianoche. Allí se pide una jarra, una frasca de vin rosé (el fino rosado con Denominación de Origen de la región) y se acompaña de un buen pedazo de pissaladière, otra variación de la pizza, con masa de delicado hojaldre enriquecido con deliciosas olivas negras, anchoas, tomate, cebolla y huevo.
Ir a Niza para contemplar el mar. Para comer pescado y frutos del mar bajo los arcos del Marché. Para visitar el Museo Masséna y tomarse un helado en las gelaterias cercanas. Para saber que Mónaco está cerca, Ventigmilia solo un poco más lejos y Cannes en la otra dirección de los trenes de cercanías.
Todo en trayectos que no llegan a durar 60 minutos ni a costar más de 12 euros. Volar a Niza (el billete puede ser caro: 288 euros; los hoteles se encuentran por 70) por el placer de caminar entre las fronteras imaginarias (pero tan reales en el fondo) de tres países: Francia, la tierra de los Grimaldi e Italia.
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