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Un recorrido para descubrir los encantos de la ciudad asturiana plaza a plaza y botella a botella
05.10.09 -
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Visitas a Gijón (Asturias). Por tierra, mar y sidra
Cuentan que Chillida había dibujado un millón de veces su ‘Elogio del horizonte’ cuando llegó a Gijón por primera vez. Y cuentan que en el mismo momento en que subió al Cerro de Santa Catalina supo que allí estaba el lugar en el que levantaría su mole de hormigón, una línea que une y separa la tierra del mar, lo tangible de lo intangible. Sucedió hace hoy 20 años y, desde entonces, la pieza, tan rotunda y tan liviana, se enseñorea en lo alto del cerro tan santo y seña de la ciudad como los propios gijoneses, como sus calles romanas, como sus edificios modernistas, como su bullicio, como sus sidrerías.
Gijón es el Elogio y el Elogio es Gijón por más que cuando el escultor vasco mostrase la obra, los gijoneses, tan dados a la sorna como a la diversión sin tregua, lo rebautizasen como ‘el váter de King Kong’. El váter, como el de Duchamp, es hoy tan símbolo de la ciudad como el mismísimo Don Pelayo, que naturalmente cuenta con su propia escultura unas calles más abajo. Y, entre ambos, Cimadevilla, el barrio de pescadores, el pueblo dentro de la ciudad, el origen de todo, una minúscula península rodeada de Cantábrico que limita al oeste con el Puerto Deportivo, al este con la playa de San Lorenzo, al sur con el centro urbano y al norte, con el horizonte. En su interior, un millón de historias y una proporción de bares por habitante digna de estudio.
Cimadevilla bulle todo el año. Por empezar por el principio, que es como empiezan las buenas cosas, un paseo de mañana arrancará precisamente por el Elogio, por el cerro, por sus jardines, por sus acantilados y por sus búnkeres de la guerra civil. Y seguirá calles abajo hasta la plaza de Arturo Arias, también conocida como plaza de Tabacalera por estar allí la vieja fábrica de tabacos, levantada sobre un convento de agustinas recoletas y hoy en proceso de convertirse en museo municipal. Es éste el lugar perfecto para sustituir el vermú por la sidra y dejarse contagiar del gusto asturiano por no entrar jamás en un bar a nada que no sea pedir una botella (jamás debe pedirse una ‘botella de sidra’, porque se da por hecho que una botella aquí es de sidra, de qué si no). Las escaleras de la plaza compiten con decenas de terrazas en las que se puede comer perfectamente, la más popular es la de El Lavaderu. Pero, si se quiere algo un poco más especial, hay que alejarse unos metros calle abajo hasta dar con Casa Zabala, restaurante de tradiciones renovadas que borda la salsa de tomate para acompañar el bonito y que tiene una doble carta, más informal y económica la de la terraza. Muy cerca, La Mar de Bien es parada obligatoria para quien quiera comerse un arroz con marisco lo más alejado posible del concepto paella-para-turistas.
Pero sería imperdonable estar en Cimadevilla sin acercarse a la Cuesta del Cholo y al Tránsito de las Ballenas, dos cuestas empedradas enfrentadas una a la otra y delante de la vieja Fábrica de Hielo de la Rula, hoy convertida en sala de exposiciones de la Autoridad Portuaria (en la actualidad exhibe una muestra de imágenes de monstruos marinos que les encantará a los más pequeños). En el tránsito, la catedral de la ventrisca (así se llama aquí a la ventresca) y santuario de las sardinas asadas: El Planeta (imprescindible pedir la mesa en el piso de arriba, con vistas al mar, y esperar a que haya un hueco tomando algo fuera; no reservan). Para estómagos sibaritas y cenas románticas, en el mismo edificio de la Rula está El Puerto, algo más elevado de precio pero en ningún caso prohibitivo. No hay que perderse las croquetas de bugre, nombre con el que se conoce al bogavante por estos pagos.
Otra buena alternativa sin dejar la zona es la plaza del Marqués. Allí está el Palacio del Marqués de Revillagigedo que le da nombre, hoy sala de exposiciones de Cajastur. Junto a él, el Pozu de la Barquera, donde ningún gijonés ha lanzado jamás una moneda por más que últimamente se haya convertido en tradición entre los visitantes (no lo haga si no quiere ser inmediatamente calificado de ‘foriatu’, extranjero en asturiano). Puestos a darse a la comida o a la bebida, la plaza cuenta con numerosas terrazas, todas ellas dignas, pero el secreto mejor guardado es ir a El Palacio y pedir mesa en ‘la terraza de dentro’, una pequeña y coqueta isla de paz dentro del bullicio con la que se puede dejar impresionado a cualquiera por lo inesperado. Ya en la plaza Mayor, a poquísimos metros, La Galana es una sidrería de ambiente joven y perpetuo, perfecta para cuadrillas (aquí, pandillas) de amigos.
Pulpo con patatinos
Llegada la tarde, el recorrido anterior es perfectamente válido, tanto para tomarse algo como para cenar, pero también se puede llegar hasta el barrio de El Carmen, en pleno centro de la ciudad y a cinco minutos escasos de la plaza del Marqués. Allí, aviso a navegantes, no hay sidra en prácticamente ningún local: sólo vino. Eso y muchísima gente con su consumición en la calle. También restaurantes, y, entre ellos, uno de esos de los de toda la vida, El Riscal, con el mejor ‘pulpo con patatinos’ de la ciudad. Para comerse un buen pescado al horno, El Candil. Y para probar una selección de quesos asturianos digna de competir con los mejores franceses, Casa Baizán (su presa ibérica con foie también merece la pena el viaje aunque la receta no sea muy asturiana que digamos). Casa Víctor, otro clásico con toques de vanguardia, está a pocas calles. Y algo más a desmano, pero imprescindible si uno quiere comer donde comen los gijoneses de siempre: Ataulfo. Su pastel de centollo, ese que cuenta la leyenda que lleva de todo menos centollo, es de otro planeta, al igual que sus pescados, fresquísimos. Y, para carteras alegres, les percebes están de arte.
La enumeración sería interminable porque los horizontes del ‘comercio’ y el ‘bebercio’ en Gijón lo son, pero sólo una última recomendación: fíese de los gijoneses. En caso de duda, pregunte. Lo peor que le puede pasar es que alguien acabe por sentarle a su mesa. Así somos. Como de Bilbao.

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