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El barco es una buena alternativa para conocer por primera vez y en poco tiempo las islas griegas
25.05.11 -
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Descubrimos Grecia en un crucero
Al embarcarse en una travesía por las islas griegas aún es posible encontrar barcos pequeños, que no imponen tanto como los trasatlánticos que surcan otras latitudes pero sin duda hacen la navegación menos masificada y más placentera. Santorini, Patmos, Creta, Rodas y Mykonos son las principales escalas de estos buques, lugares de tantos contrastes que nos deparan todo un abanico de vivencias y sensaciones. Siempre bañado, eso sí, por el azul intenso del Egeo y la belleza de sus puestas de sol. Una experiencia ineludible es, por ejemplo, trepar a lomos de un burro desde el puerto de Santorini hasta su capital, Thira, 300 metros de bamboleante ascensión entre la caldera del volcán y lo alto del acantilado.
Tras la visita a esta coqueta isla de aspecto oriental y blancas casas de puertas azules, aguarda al viajero un festín de primera. El servicio de hostelería en estos barcos no tiene nada que envidiar al del mejor de los hoteles. Un ejército de empleados lo tienen siempre todo a punto, tanto en los camarotes como en los comedores. Se sirven hasta diez comidas diarias en diferentes buffets y restaurantes a la carta, y si uno no se contiene volverá a casa con algún kilo de más.
Conviene aquí un pequeño consejo. Aunque llenemos la maleta con prendas cómodas, bañadores y calzado plano para las excursiones y para andar por cubierta, no está de más meter el vestido de los domingos. Y si caben dos, mejor. En las cenas no está bien vista la ropa informal, y mucho menos en la gala del capitán. Por supuesto no es obligatorio asistir a la misma, pero quien quiera vivir en plenitud un crucero no se la puede perder.
La tripulación de etiqueta, los brindis, una cocina que echa el resto con un menú trufado de exquisiteces, los pasajeros endomingados salvo el despistado que parece recién salido de la piscina… Es como un banquete de boda pero sin novios. Tras una noche de baile que más de uno cierra en la proa, imitando a Leo DiCaprio en ‘Titanic’ mientras su pareja, menos perjudicada, trata de zafarse avergonzada de su abrazo, y después de un sueño reparador, el buque arriba a primera hora de la mañana a Patmos, la pequeña isla en la que naufragó San Juan.
A vuelo de taxi
Patmos es un oasis de paz hasta que contratas un taxi en el puerto para que te suba a ver el monasterio fortaleza en el que el apóstol escribió el Apocalipsis. O te agarras bien, o llegas arriba lleno de cardenales, porque los taxistas tratan de aprovechar al máximo el desembarco de turistas y vuelan por angostas carreteras en las que a duras penas se pueden cruzar dos coches.
En el barco te advierten también de la picaresca de supuestos guías que, en Creta, se ofrecen para enseñarte la isla y acaban desvalijándote. Y lo que es peor, te pueden dejar tirado en cualquier carretera y si no te las apañas para volver a tiempo pierdes un barco que nunca espera a los rezagados. Como siempre, la prudencia y la información son las mejores consejeras. Ésta es la mayor isla de Grecia. El puerto está bastante alejado de la capital, Heraclión, y a diferencia de otras escalas de este viaje que se puede realizar en barcos como el ‘Aegean Pearl’ o el ‘Aquamarine’, ambos de la compañía Louis Cruises, y desde 500 euros en temporada alta, se necesita más de un día para recorrerla y visitar los abundantes yacimientos arqueológicos.
Si uno desea sumergirse en el mundo medieval, puede patear las calles empedradas de Rodas admirando sus fortalezas. Un bonito recuerdo son las suaves esponjas de mar que venden los pescadores en el puerto de Mandraki. Si por el contrario, lo que busca el viajero es una intensa vida nocturna, la hallará en Mykonos, otra bella estampa con sus molinos de viento y sus casas edificadas sobre el mar al estilo veneciano. Un mosaico en el Egeo apto para todos los gustos.

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