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PLANES Santuario de Montesclaros

Una sorprendente exposición de insectos reunida por un fraile dominico culmina la visita a este complejo religioso situado al sur de Reinosa (Cantabria)
05.10.09 -
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Santuario de Montesclaros (Cantabria) Las mariposas de fray Llobat
El monasterio de Montesclaros y, al fondo, el embalse del Ebro./ Maite Bartolomé
La sequía ha agostado las fuentes en el santuario de Montesclaros. En febrero, lo normal es que los altos picos circundantes estuvieran a rebosar de nieve, pero sólo en las cimas más elevadas del Alto Campoó se aprecian unas leves manchas blancas. Ha sido un invierno anómalo, pero a mil metros de altura, la brisa corta como un cuchillo y el padre Francisco, prior del convento, se protege con un gorro de lana y guantes. El suyo ha sido un largo viaje circular (con un largo inciso de 40 años en México) antes de afincarse en este complejo monacal situado a 20 kilómetros al sur de Reinosa, en tierras cántabras fronterizas con Burgos y Palencia. «Allí nací yo», precisa mientras señala, en el fondo del valle, la cercana estación de la Feve, que discurre en paralelo al joven Ebro.
Francisco es hoy la cabeza de una comunidad que protege con su trabajo el santuario, un espacio de devoción muy apreciado por los vecinos, que como Francisco regresan en primavera y verano tras emigrar al País Vasco o Cataluña. Las vetustas aldeas fueron rescatadas cuando estaban a punto de sumergirse en el olvido y la ruina por aquellos que se vieron forzados a buscarse el pan tan lejos. En la fiesta de La Rosa, el último domingo de mayo, la carretera al santuario no da abasto, pero el nuevo e inmenso aparcamiento revela la devoción existente entre los naturales de la comarca.
Y todo alrededor de una pequeña imagen, una virgen del siglo XIV que descansa sobre un retablo en un templo que, realmente, son tres. El primero, una cueva de eremitas sobre la que se alza una iglesia románica con restos de pinturas y, frente al altar, un cubículo que alberga las tumbas de dos caballeros templarios. Sobre esta construcción se alza el santuario, de estilo neoclásico, y que ciertamente se halla en desventaja respecto a tantas pequeñas iglesias románicas como las que se encuentran en la comarca y en las vecinas Burgos y Palencia.
El conjunto se encontró también al borde de la desaparición tras la desamortización de Mendizabal (mediados del siglo XVIII), pero sobrevivió gracias a la decisión de los alcaldes, que compraron el complejo y lo cedieron a los dominicos por un céntimo de euro y una misa. Este singular acuerdo permite disfrutar hoy día de un centro de fe que, visto desde la carretera que desciende de Alto Campoó, ofrece una visión poderosa, encaramada en un alto y defendida por profundos valles. Corzos y jabalíes retozan por el bosque.
Y ese mismo acuerdo ha propiciado una curiosa colección, fruto del capricho y el amor por la naturaleza de otro fraile, en la que se exhiben más de 400 mariposas capturadas en países tan distantes como Madagascar, Australia, Perú, Tanzania o México. Fernando Llobat, a quien en algunas fotografías se puede ver durante su etapa como misionero en el Amazonas, acumuló estos hermosos insectos (y otros animales que no lo son tanto, como murciélagos y alacranes), y decidió compartirlas con los demás. Durante años, el fraile ejerció voluntariamente la tarea de explicar a los visitantes las características de la colección reunida a base de intercambios y cesiones de viajeros que recorrieron el mundo y conocían las aficiones de Llobat, y que la convirtieron en una de las más grandes de España.
El viajero que se aproxime a Montesclaros encontrará ejemplares de 30 centímetros de ancho junto a mariposas minúsculas; especies que se confunden con hojas secas al lado de lepidópteros de un colorido que dejaría en ridículo al pintor más avezado. Es cierto que el espacio, un altillo escasamente iluminado, con un evidente aire de provisionalidad, no ayuda a reconocer el valor de una exposición que no se anuncia en ninguna parte y ha alcanzado cierta fama gracias al boca a boca.
Y también que apenas unas bombillas y la luz del ventanal iluminan la muestra o que falta información sobre los insectos, más allá de unas escuetas anotaciones acerca de su nombre científico o de su procedencia. Pero su valor reside, quizá, en la sorpresa, pues nadie espera encontrar algo semejante en un lugar al que cabe como anillo al dedo el dicho de perdido de la mano de Dios.
El tesoro de Montesclaro

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