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Inquisición, brujas, templarios... Estos paseos nocturnos recorren el pasado más siniestro de la capital riojana
04.11.09 -

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Secretos del XVI (Logroño). Logroño se pone misterioso
Logroño guarda un secreto. Lleva siglos ocultándolo entre sus muros. Pero surge en las esquinas, se respira entre sus baldosas y grita desde las paredes. Se trata de un misterioso pasado de templarios, brujas e inquisidores que verá la luz hasta fin de año en las rutas nocturnas, con Juan García de la Riva como cicerone.
Nos reúne a los pies de la muralla del Revellín, puerta de entrada al siglo XVI. Detrás de su arco nos topamos ya con el enigma: lo que es hoy el Parlamento riojano fue en su día morada de la orden de La Merced, los delatores de la Inquisición. La presencia de los jueces eclesiásticos se extiende por todo el Casco Antiguo, escenario de interminables interrogatorios y aterradoras torturas como la del péndulo, en la que colgando pesos de los pies se desgarraban los esfínteres de los impíos.
Los adoquines de las callejuelas reviven los tiempos en los que por allí circulaban carromatos, cuando los perros callejeros ladraban con el replique de las campanas de Santiago. La iglesia se asoma a la plaza en la que un juego de la oca, actualmente en restauración, cubre inocentemente el suelo dedicado a la ruta Xacobea. ¿Inocentemente? El guía nos descubre que la oca es el animal sagrado de los templarios, que el Camino de Santiago fue también conocido como Camino de las Estrellas –aquel que las brujas seguían para hacer sus aquelarres en Galicia– y que con la conocida Fuente del Peregrino se sumaba al contubernio el agua, elemento imprescindible en el esoterismo templario.
Tras una breve mención al oficio de las botas, todavía vigente cerca de la calle Boterías, la ruta se detiene en el calado del Electra Gran Casino y en una breve explicación sobre la elaboración del vino que, misterioso o no, inunda todos los rincones de la capital de Rioja. Muy cerca de allí, bajo la atenta mirada de la antigua casa de los Bustamante, se recuerda cómo en el siglo XVI se prohibió el paso de carruajes por Ruavieja para evitar perturbar el delicado reposo del vino de los hogares bodegueros.
El triángulo imaginario
Pronto se retoma el misterio. En el Albergue de los Peregrinos se reviven las huellas de San Millán de la Cogolla y Santo Domingo de la Calzada, los santos tan milagreros que ha dado La Rioja. Pero es en la Iglesia de Palacio, al albur de la torre de aguja, donde la historia alcanza el punto álgido. Construida por la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén, la aguja se erige sobre una base octogonal, emblema templario. Y, casualidad o no, si se traza una línea imaginaria entre este punto y la Concatedral de La Redonda, también de base octogonal, y la Iglesia de San Bartolomé, que tiene el nombre del santo más importante para los templarios, descubrimos un triángulo, símbolo importante también para la orden.
En el periodo de luces y sombras del que hablamos, quizá la parte más oscura se encuentre en el barrio de la judería, donde nunca hubo judíos, pero sí gente muy pobre que apenas se percató de que España era un gran imperio. Toma este nombre por la forma de candelabro judío que dibujan las siete callecitas. Por lo demás, tuvo que conformarse con ser un arrabal.
La puerta de Herventia, donde en las fiestas de San Bernabé se coloca un gigantesco arco floral, servía por aquel entonces para disuadir a los descreídos de entrar a la ciudad. Allí colgaban los cuerpos quemados de los pecadores que habían ardido en la hoguera. El recorrido acaba en la plaza del Mercado, junto a La Redonda, lugar donde está enterrado, no sin polémica, uno de los masones más famosos: el general Espartero. Aquí también se celebraban los autos de fe de la Inquisición, como el que juzgó a 40 mujeres en el conocido proceso de las Brujas de Zugarramurdi. Doce acabaron en la hoguera. Hoy, su recuerdo alimenta la curiosidad de propios y extraños que buscan descubrir en Logroño el misterio silenciado.

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