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Un recorrido amable para los días soleados de invierno por parajes milagrosamente preservados
13.01.12 -
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Vía verde de Santullán (Castro Urdiales). Entre picos y peñas
La ruta de los Ferrocarriles es una mezcla de dos vías verdes. Ruta de rutas, recoge pedazos de los itinerarios de Traslaviña y Alén en un tránsito mentolado sobre avenidas de tierra. La peña de Santullán y los picos de Otañes y la Cruz conforman el triunvirato implacable que otea los pasos del caminante. Un macizo que corta el cielo de Santullán con sus puntas afiladas. Y, mientras, el caminante escudriña los entresijos del itinerario en las inmediaciones del cementerio de la pedanía, antes de afrontar un recorrido circular que le devolverá al punto de partida tras más de dos horas de éxtasis contemplativo, donde las miradas quedarán atrapadas bajo los designios de la batuta natural.
Cada metro ganado aleja la realidad, trasladando al observador a épocas pasadas en un viaje que revive la sufrida tarea del labriego y la obstinada diligencia del ganadero, que transporta a su carnero en un viejo todoterreno. La fronda se precipita sobre el camino eclipsando la lluvia de sol, y, entre las sombras, el bosque recuerda que atesora secretos insondables. En medio de la quietud, sólo se aprecian las voces de un arroyo que esculpe guijarros con su suave cincel.
La estación de Otañes alza tres pisos del suelo aguardando a máquinas que nunca llegarán. Entre el exquisito paisaje, exhibe pujante su luminoso traje blanco en espera de un baile imposible, aunque su futura conversión en albergue rural la convertirá en novia del peregrino fatigado. La travesía conduce al núcleo de la pedanía, a la que el puente de acceso le otorga un aire inexpugnable.
La localidad es breve, y el tránsito a la iglesia de Santa María, sencillo. Los perros custodian las viviendas rurales con vista firme ante el paso del extraño. En torno al templo aparecen varias fuentes entre las que sobresale un manantial que fluye intenso desde 1855 a través de un estrecho caño.
Océano de eucaliptos
El hechizo del agua se extiende al salto del Cabrera, que, de vuelta a los bosques de Otañes, muestra las acometidas del río Rucalzada contra los restos de la presa que nutrió el molino de la pedanía en tiempos lejanos. La cascada indica el camino de retorno al caminante, que debe desandar sus pasos para dar con la senda de regreso.
Los leñadores revisan la cosecha de troncos de vuelta de la tala, cuando una mirada fugitiva muestra Otañes, cautiva entre robustas montañas. El camino se adentra en un océano de eucaliptos, que despliega su estimulante aroma. Un manto balsámico hipnotiza al caminante ya próximo a Santullán. Los árboles se dispersan para exhibir la fortaleza de su peña arañada sin piedad por la fábrica que indaga su roca caliza, celebrando con un panel los casi dos años sin accidentes en un macizo que duerme su resignación. Entre la nube de polvo, un pequeño pedregal sugiere la huida. En forma de uve, transita por la tierra labrada de La Marea, para desembocar en el barrio El Campillo. La iglesia de San Julián y el palacio de los Indianos son las perlas que luce el vecindario. La pedanía mantiene una deuda con la casona, pues presume de su presencia con un vasto cartel mientras la maleza devora sus paredes y el desamparo apaga su brillo.
El camino empieza a extinguirse al paso por una simpática garita amarilla que ofrece cortes de pelo. La ruta se aproxima de nuevo al cementerio de la pedanía, donde exhalará su último aliento. Un vistazo al cielo devuelve una sonrisa cegadora. Son las tres montañas cómplices despidiéndose ufanas del caminante. n
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