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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 12 febrero 2012

Planes

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Pescar un atún de 15 kilos está al alcance de cualquiera. Sólo hay que escoger la embarcación y el patrón adecuado. Nosotros zarpamos de Mundaka
05.09.08 -

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De pesca. Salimos a bonitos
La cita es a las 6 de la mañana en el puerto. Los bonitos, peces de costumbres, se desayunan al amanecer y el patrón de la embarcación quiere asistir al banquete. Es noche cerrada, claro. Encendemos las luces de posición y arrancamos. Rumbo norte. A oscuras. La lancha, una ‘Stamas Tarpon’ de 31 pies (9,5 metros), corta las aguas. Brillan las estrellas y las luces naranjas de la plataforma ‘Gaviota’. Pasamos de los 25 nudos (45 kms/h). Uaaauuuuhhh.
Joserra, el marinero, prepara las seis líneas. Al final de cada una coloca un pulpito de colores, la amuda, que esconde un anzuelo doble de acero de 5 centímetros. Elige cuidodasamente el color de los pulpos. Prepara tres amarillos, dos azules y uno naranja: se trata de que se parezcan lo más posible al color de lo que comen los bonitos. Rojos como las gambas, doraditos como la parrocha. La pantalla de la sonda ilumina la cara de José Ignacio, el patrón, que marca nuestra posición en la carta electrónica.
Tras una hora de viaje, llegamos al área de pesca. Estamos en el borde del cantil, una especie de desfiladero marino, rico en alimento, por el que los bancos de bonitos se mueven como Pedro por su casa. El fondo pasa en pocos metros de 340 a 2.000 metros. Ufff.
Hoy se ha quitado del barco la silla de combate, esa butaca amarrada al casco que se emplea cuando se sale a cimarrones o si alguien alquila la lancha para pescar un improbable pez espada. No hay límites: quien paga manda. A bonitos, a pescar begi aundis o besugos a fondo, una excursión hasta la playa de Laga o una escapada a velocidad de crucero para comer en Donosti. Todo (con patrón y marineros expertos en pesca) está a disposición de quien pague los 600 euros que cuesta una excursión mañanera. A bordo, pueden viajar hasta 8 invitados.
Amanece. Nubes blancas, en forma de yunque, ascienden en el horizonte. Largamos las seis líneas y empezamos a rastrillar el mar. Despacio. A la cacea. A seis o siete nudos de velocidad, moviendo el engaño delante de los ojos codiciosos de los bonitos, que no se paran nunca, encelados. Una pareja de delfines comunes, inconfundibles con su dibujo en forma de reloj de arena en los flancos, salta por babor, entre las aguas todavía oscuras. Hay pájaros en el agua. Buena señal.
‘El chino’, como llaman al piloto automático, guía el barco de Este a Oeste, una y otra vez. Las viradas son suaves y amplias, para no enganchar los aparejos.
¡¡¡Raaaaaaaaaaaaaaaaas!!!
¡Picada! Son las 7.42 de la mañana.
Las sonrisas asoman a las caras. El patrón modera los motores y el marinero empieza a cobrar, a bracear el pez. En menos de un minuto vemos su forma brillante pelear junto al costado. Juan Manuel hunde el gancho del bichero (que en Mundaka llaman txiste) en el cuerpo del bonito. Segundos después ya está en la bañera. Grande. Hermoso. Azul, plateado y negro. Colea hasta que Joserra lo termina con un golpe de matxapete, la porra de madera.
Seguimos pescando. De pronto, el visitante observa un soplo en la línea del horizonte. ¡¡¡Ballenas!!! Ponemos proa hacia ellas. Son tres rorcuales aliblancos de unos 15 metros de largo; una pareja y su cría. Las seguimos porque con los cetáceos viajan los atunes. La sonda marca en color azul las manchas de pescado.
A las 8 tenemos la segunda picada. En la misma caña que la primera, con la misma amuda y casi en la misma posición. Subimos otro bonito de unos 15 kilos al barco. ¡Qué hermoso es! ¡Está hecho para nadar, como un príncipe Namor del océano!
Oímos a otros barcos por la radio: «He cogido un par de morroscos». Si alguno canta que ha pescado y da su posición, un puñado de aficionados ansiosos corre hacia el rumbo que radia. A veces, el mar frente a Matxitxako parece una romería.
Seguimos con las líneas en el agua, dos de ellas largadas fuera, con botavaras. Otras dos, hundidas con plomos. Pasan las horas. Rodeados de mar. Al mediodía, almorzamos. Joserra saca algo que parece un trozo de madera. Es lomo de atún cocido. Delicioso. Hay una sabrosa tortilla de patatas con pimientos verdes fritos, una pandereta de anchoas, txakoli, vino tinto y fruta.
Más mar.
Mucha más mar. Charlamos. Peru de sus montes y sus navegaciones por el Mediterráneo. Joserra rescata sus recuerdos de pescador, del día en que vio una manada de orcas rodear a un grupo de delfines para diezmarlos.
A eso de las tres de la tarde, pica el tercero. Donde antes y con el mismo engaño. Tiene pelés la cosa.
A las cuatro ponemos rumbo a Mundaka. Vemos pintarse de verde los montes y de blanco los caseríos. Volamos sobre el espejo del mar. A 34 nudos. Desembarcamos los tres peces en el muelle, entre bañistas curiosos. 45 kilos en total. Como manda la ley del mar, los repartimos.

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