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El fuerte militar del Rastrillar corona un mirador natural con espectaculares vistas de la bahía
02.08.11 -
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Visitas guiadas (Laredo). Atalaya monumental
El nombre de Laredo está asociado al turismo. Sus extensas playas y los prominentes edificios que las escoltan conforman la clásica postal de la villa. Sin embargo, la villa tiene más que aportar, rincones que diferencian el municipio y describen su auténtica esencia. El Ayuntamiento quiere darlos a conocer, y, para ello, ofrece varias rutas entre las que destaca el recorrido por la Puebla Vieja antes de iniciar el ascenso a La Atalaya, en cuya cima aún se conserva la huella de las tropas napoleónicas y donde se puede disfrutar de vistas espectaculares.
La ruta comienza en el viejo Ayuntamiento. Un busto de Carlos V, en recuerdo de su paso por Laredo camino de Yuste, recibe al visitante, que pronto se adentra en las estrechas calles de la puebla vieja. Las antiguas residencias de los pescadores reviven el ambiente marinero. La dura vida de los hombres del mar se ve reflejada en la Cuesta del Infierno, por la que debían arrastrar sus embarcaciones. En contraste, se encuentran las casas de los nobles. Varias residencias atestiguan un pasado en el que también cabía el esplendor. Isabel La Católica, Juana la Loca y Carlos V se hospedaron en una de las casas torre, cuyos escudos distinguen a las ilustres familias.
Superada la iglesia gótica de Santa María de la Asunción y los restos de la muralla del siglo XIII, comienza el ascenso a La Atalaya. La subida no resulta pesada, ya que cada paso mejora la calidad de las vistas. Las laderas se erigen sobre un mar Cantábrico que se extiende hasta donde no alcanza la vista. Es el preludio del acceso al fuerte del Rastrillar, ocupado desde el siglo XVI por diferentes unidades.
Por allí resopla
Las tropas napoleónicas dotaron al fuerte de una firme infraestructura. Pabellones para la conservación de las armas y el diseño de la estrategia, un polvorín y las baterías de la artillería se han reconstruido para recrear uno de los escenarios de la Guerra de la Independencia.
Sin embargo, la plaza no sólo se preparó para el avistamiento de enemigos. Durante siglos, se mantuvo la figura del atalayero, que prendía un fuego a modo de faro o alertaba a la población sobre la llegada de una ballena con una técnica de espejos, con el fin de que la vecina Santoña no se anticipara en la captura. Es en medio de esta ensoñación, cuando, entre guerras napoleónicas y combates entre marinos y colosos del mar, surge el trenecillo que, repleto de turistas, atraviesa La Atalaya.
Desde la cima se puede contemplar la evolución de Laredo. La Puebla Vieja, que precedió al primer ensanche, y los edificios que se construyeron a lo largo de El Puntal para dar cobijo al turismo francés muestran el desarrollo que ha experimentado el municipio. Pero es en el caso de sus puertos donde hay que usar la imaginación. El muelle medieval, del que no ha quedado rastro, fue el primero de una serie que se ha cerrado con la inauguración del cuarto puerto. Para dar con el segundo, se debe reemprender la marcha.
Los 123 escalones que descienden desde La Atalaya conducen al Túnel de Laredo, una galería iluminada de 220 metros, un pasillo que desemboca en el muelle de la Soledad. El nombre no concuerda con el ambiente que se respira en su playa rocosa. Gente paseando o tomando el sol en un lugar que conserva restos del segundo puerto y aporta una sensacional panorámica del recién descendido mirador.
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