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Antes asustaban a los niños, ahora sólo a los que tratan de dormir en un desfile que anticipa el Carnaval donostiarra desde 1884
04.02.10 -

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Caldereros (San Sebastián). Zíngaros urbanos
San Sebastián acostumbra a enganchar la fiesta de su santo patrón del 20 de enero con los coros de Santa Agueda y luego esperar el estallido de los carnavales disfrazándose este sábado de Caldereros de la Hungría, peculiar comparsa que ya en 1884 anunciaba los desmanes de las carnestolendas por llegar. Actualmente, puñados de buhoneros zíngaros recorren a partir del atardecer los distintos barrios de la capital guipuzcoana entonando canciones entre nostálgicas y quedonas mientras reclaman de las donostiarras cazuelas y amor.
Existir, los zíngaros de la Hungría que huían de los fríos de la Bohemia y se trasladaban al sur en lo más crudo del invierno, existieron. Noticia hay de cómo se instalaban en los arenales de Amara (hoy estadio de Anoeta) con sus carretas, sus grandes calderas, sus animales amaestrados. Noticia de la impresión que causaba en las damas easonenses el ver a mujeres de cabello azabache y piel curtida fumando en pipa en los campamentos y leyendo la fortuna en la palma de las manos a las muchachas de los caseríos de alrededor. Noticia hay de que eran hábiles en el remiendo de pucheros, cazos, sartenes, chocolateras y utensilios de metal.
Noticia de que solían llevar un oso ensogado y anillado que bailaba al son de los tambores. Y de que su presencia, siempre en los márgenes de la sociedad, era utilizada por las madres para asustar al niño desobediente: «Si no te lo comes todo vendrá el húngaro y te llevará con él…». Es sabido también que la mejor manera de vencer los miedos es jugar con aquello que te aterroriza.
Así que ya en fechas tan lejanas como el Lunes de Carnaval de ¡1828! Donostia fue invadida por una tribu de falsos ‘Caldereros Turcos’ que golpeaban pucheros y cantaban medio en caló: «Quien tenga chocolateras e las quera componer, qui venga e novecitas, prezto las ha de volver».
Busca en el armario
De ellos nunca más se supo hasta el 2 de febrero de 1884, cuando 120 personas, ataviadas como los gitanos de la Hungría, jinetes de Offenbach, jenízaros y alabarderos recorren la muy noble y leal villa tañendo cazuelas, sartenes y yunques mientras las mujeres desfilan en carros tirados por mulas ricamente enjaezadas. A partir de ese momento, todo se precipita… hasta mañana mismo, 6 de febrero de 2010. Sarriegui, el jaranero compositor de la Marcha de San Sebastián, se junta con sus compinches (escritores, farmacéuticos, ‘bon vivants’) y crea buena parte de la música que se escuchará este sábado antes, durante y después de que todas las comparsas de caldereros acampen en la Plaza de la Constitución a las diez de la noche, capitaneados por las distintas reinas que nunca suelen ser señoritas bien de la ciudad sino barbados caballeros de esos a los que les encanta vestirse de mujer.
Imprescindible para recibir a los bohemios o para hacerse un hueco en sus huestes es el siguiente atuendo (disponible, lógicamente en las mejores casas de disfraces y en el último bazar chino abierto): pantalones y chaquetas de paño grueso oscuro. Sombrero ancho de fieltro. Botas. Cara tiznada. Grandes pendientes de aro, trozos de metal, monedas, alfileres, imperdibles, cadenas, tachuelas prendidas en la ropa (pre punk se llamaría el estilo en alguna web de moda). En la mano, una sartén y un martillo. En los labios, cantos de la vieja Hungría.

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