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Planes

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Quizás tenga la tentación de hacerse con un programa de fiestas. Déjelo, no hace falta. Allí se va a otra cosa
16.11.07 -

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San Fermín (Pamplona). Sanfermines canallas
Entre usted y yo, el Ayuntamiento de Pamplona los imprime para quedar bien. Para poder decir que estas fiestas no son sólo alcohol, toros y desparrame y que también hay planes para niños, mayores e incluso programación cultural. Cosas del disimulo, vaya. Porque lo que hay, ante todo, es alcohol. Mucho. Muchísimo. Más que en ningún otro lugar del mundo. Y esos cientos de miles de personas que cada año se acercan a la capital navarra lo hacen por eso. Para disfrutar de un inigualable ambiente de borrachera general o para cotillear ante semejante canallada. No crea que lo hacen por la literatura o por el folclore. Esos son cuatro. Los otros novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y seis tipejos lo hacen, no lo dude, por el alcohol.
Parques-cama
Ya está prevenido. No se queje luego si llega a Pamplona con talante expeditivo y se encuentra con que todo el mundo está a otra cosa. Tenga en cuenta que el raro es usted, aunque vaya de blanco y rojo (eso sí que no lo olvide). Por eso mismo, por el alcohol, una buena manera de acercarse allí en estas fechas es en transporte público. Si opta por ir en coche sudará la gota gorda para aparcar y, no lo olvide, advertida la naturaleza eminentemente alcohólica del asunto, una cosa es que vaya y otra muy diferente cómo vuelva y en qué condiciones. Si a estas alturas no tiene reservado hotel, déjelo porque ya no lo va a encontrar. Eso sí, tiene parques de sobra. No es broma. Eche un vistazo cuando ande por ellos y verá lo cotizado que está el césped…
Seguir a la marabunta
Una vez en Pamplona, elija la siguiente ruta: desde donde esté hasta el Casco Viejo y por el camino más recto. No hay pérdida. Donde vaya la marabunta. Una vez allí, la mejor forma de integrarse es asaltar los bares. No vaya en plan contemplativo, a disfrutar de la decoración y la música, porque no le van a dar ninguna excusa. La música, sea un local de diseño o una tabernucha, será sanferminera: el ‘riau riau’, el vals de Astráin, el chupinazo, algunas jotas, el himno de Osasuna y poco más. El bar estará tan lleno que sólo le queda fijarse en la barra. Baile si le dejan. Vacile y déjese vacilar. Los pamplonicas son (somos) normalmente serios y respetuosos, pero en San Fermín les (nos) encanta perder la compostura y hacer que la pierdan los demás.
San Fermín es una fiesta inigualable. De día y de noche. Da igual. Todo se confunde. Durante el día es una auténtica gozada tantear el ambiente por la calle San Nicolás o por la plaza del Castillo, donde podrá despistar el calor con unos litros de sorbete del Gazteleku mientras se deleita con la fauna local y extranjera. Ya verá qué personajes se va a topar. A media tarde, pise sobre todo la Estafeta. Y espere la salida de las peñas, una eclosión festiva.
A los toros... a merendar
Las peñas, para los profanos, son algo así como los blusas o las comparsas, sólo que a lo bestia y su actividad gira predominantemente en torno a la plaza de toros, un santuario donde la juerga alcanza cotas inimaginables. Por ello, si tiene oportunidad no lo dude: vaya a los toros. Da igual que le gusten o no. Si es aficionado debe ir al tendido de Sombra, aunque no va a disfrutar mucho porque las corridas no suelen ser buenas (los toros se escogen ante todo para dar espectacularidad al encierro y no tanto para las corridas). Si busca fiesta, vaya a Sol. Con la gamberrada. Con las peñas y sus orquestas. Lleve bata, toallas, gorro y, si puede, hasta chubasquero, para resguardarse de las lluvias de alcohol (no es una metáfora). Porte pozales de bebida y una buena merienda. Invite y déjese invitar. Cante como nunca y ríase porque de eso se trata. Pierda las vergüenzas y sumérjase en esta cutre canallada. Grítele al torero, silbe a los de Sombra. Al tercer toro deje el tendido vacío y haga como otros miles de compañeros de juergas: merendar en los pasillos. Bocadillos, vale, pero también merluza, gulas, cangrejos, pimientos rellenos, albóndigas y lo que caiga mientras el torero está en plena faena. Al acabarse los toros, baje a la arena y salga con las peñas por la puerta grande. Siéntase como un torero.
Churros en la Mañueta
Después, hay dos opciones: ducharse y cambiarse de ropa o seguir de fiesta. Si opta por la segunda, la más desprejuiciada, se habrá diplomado ya en sanfermines. Siga de bares. Baile y piérdase aún más. Cene lo que pueda y cuando pueda.
Por la mañana, si sigue en pie (lo que es de aplauso, pero normal en días así) o si ha madrugado (que es más prudente, aunque no tan frecuente), no deje de acercarse al recorrido del encierro. Baje a Santo Domingo, contemple al santo, dedíquele unas palabrillas y observe con respeto a los divinos, esos corredores veteranos que estiran en las aceras.
Pamplona está en vilo. La ciudad aguanta la respiración. No sea bravucón, salga a tiempo de la calle y vea el encierro en la tele de un bar. No se preocupe porque lo ponen en todos. Incluso en discotecas. Después, compre unos sabrosos churros en la Mañueta (en la calle del mismo nombre), que sólo abre sus puertas estos días, o vaya a tomar un plato de huevos con chorizo al Casa Paco (Lindachiquia, 20). Haga tiempo hasta el desfile de los gigantes y cabezudos, que le sumergirán en una época de fantasía. Baile con ellos. Dé vueltas. Déjese golpear por los Zaldikos, Cara Vinagre y los kilikis. Diviértase. Escuche unas jotas y siéntalas. Emociónese. Éste es el auténtico milagro de San Fermín.
Para sobrios
Gigantes y cabezudos. Uno de los espectáculos más populares es el desfile de estos ocho monarcas de cuatro metros cuya versión actual data de 1850 (en la foto), aunque se sabe de su existencia ya en el siglo XI. Van acompañados de cabezudos, kilikis y zaldikos, que desatan el griterío entre los niños. Salen de la estación de autobuses cada día a las 9.30 horas, excepto el día 7, que lo hacen a las 9.00 horas.
Las dianas. Cada mañana, a eso de 6.45 horas, las Banda de Gaiteros y La Pamplonesa parten del Ayuntamiento con la misión de despertar a la población, dormida de verdad o adormilada por trasnochar. Anuncian que comienza un nuevo día de fiesta.
‘Fiesta’, de Ernest Hemingway.
El norteamericano, gran entendido de los toros, visitó San Fermín en ocho ocasiones y es el principal culpable de que se vean tantos norteamericanos con barba blanca. Su libro, un fascinante relato sobre la soledad, refleja unas fiestas muy diferentes a las actuales, aunque igualmente enloquecidas.

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