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La villa de la hermosa bahía es tierra de piratas, pasteleros y gentes de muy buen vivir
31.08.11 -
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San Juan de Luz (País Vasco-francés). Secretos muy nobles
Todo el mundo conoce la historia de cómo María Teresa de Austria, hija de Felipe IV, matrimonió en la iglesia de San Juan Bautista de San Juan de Luz con Luis XIV de Francia en el año del Señor de 1660. Lo que quizás sepa menos gente es que para entonces, antes de que se firmase La Paz de los Pirineos, Monsieur Adam ya había abierto en la que luego sería y es la deliciosa Rue Gambetta, arteria comercial del lugar, su finísima tienda de repostería. En aquel 1660, el señor Adam ya había creado sus hiperbólicamente famosos pastelillos llamados macarons, de crujiente cubierta y cremoso interior, elaborados con elementos tan simples y perfectos como la clara de huevo, el azúcar glasé y la almendra molida, enriquecidos con todos los sabores posibles e imposibles.
Todo el mundo sabe que un día el barco que llevaba a la futura reina de Francia hacia Hondarribia estuvo a punto de zozobrar y ella y su séquito fueron rescatados por los marinos de Donibane Lohitzun. La infanta, agradecida, a ellos y al Señor de los Cielos, regaló a la iglesia del pueblo, como exvoto, un hermoso barco que todo el mundo mira cuando entra a dejar un óbolo y una luz encendida para las ánimas de quienes murieron en el mar.
La gente que llega a San Juan de Luz en el autobús de Pesa o habiendo hecho transbordo del Topo al TGV con el billete especial Pasbask, conoce esa historia pero lo que tal vez ignore es que en los esponsales de la hermana de Carlos II ‘El Hechizado’ tal vez charlaron con Velázquez, pintor de cámara de los Austrias y por lo tanto presente en el lugar, y D’Artagnan, el mosquetero gascón que inspirase a Alejandro Dumas.
Quienes visitan San Juan de Luz saben mucho sobre la villa que fuera cuna de los mejores arponeros de Europa y de los corsarios más intrépidos y temibles. Saben por ejemplo que frente a la iglesia, impresionante ejemplo de arquitectura labortana con sus tres galerías enmarcando una nave que tiene forma de quilla de navío, se encuentra la casa Gorritienea. Perteneció a Labrouche, terror de las armadas española e inglesa. Uno de sus descendientes, Joachim, fue condecorado por Napoleón con la Legión de Honor y otro pleiteó a muerte con el ayuntamiento por unas marismas y unos terrenos.
Motos y oportos
Pero acaso no sepan que frente a la estación de ferrocarril, no lejos del Grand Hotel de La Poste, de un negocio de pompas fúnebres y la parada de los autobuses que van y vienen entre Hendaya y Bayona se encuentra la delegación para el País Vasco de una moto legendaria, la Royal Enfield, esa joya indio-británica (161 rue Belharra, en el polígono Innova Jalday).
Casi todo el mundo lo sabe casi todo sobre San Juan de Luz. La plaza del quiosco, los cócteles del bar La Suisse, la terraza del Madrid, pero muchos ignoran que el magnífico hotel La Devinière del 5 de la calle Loquin toma su nombre del de la casa de Rabelais, el escritor bon vivant, sarcástico y brutalmente acusador. En La Devinière un buen oporto aguarda al huésped en frasco de bellísimo cristal y junto al hotel se abre una hermosa tetería-chocolatería donde las tentaciones se sirven y se toman en jarras y con cubiertos de plata antigua.
Los ‘kaskarrots’ aún venden sardinas, ostras y percebes cerca de la plaza de Louis XIV. Eso lo sabe casi todo el mundo pero muchos ignoran que en Chez Pablo (en la calle Mile Etcheto, no lejos del mercado) las angulas no son caríiiiiisimas, el plato de confit levantaría a Rabelais de su tumba y no hace falta reservar: se entra y si hay sitio se alaba a los dioses. Si no lo hay, hacemos tiempo descorchando una de sidra en la barra.
Todo el mundo sabe que Biarritz es la mademoiselle hiper francesa del eje Bayona-San Sebastián y Donibane Lohitzun, en pleno Camino de Santiago, ha asumido su papel de pintoresco pueblo marinero vasco pero son pocos los que habrán entrado en el increíble taller de Jean Michel Larretche, magnífico zapatero y guarniciero de la calle Chauvin Dragon. En sus escaparates, viejas botas de rugby y riendas para caballos… Donibane tiene muchos secretos que sólo se revelan al paseante intrépido.
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