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La villa burgalesa atesora un precioso conjunto monumental construido por el favorito de Felipe III
23.09.11 -
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Lerma (Burgos). En la corte del duque
Quien visita Lerma con intención de hacer algo más que comerse un buen lechazo oye hablar mucho de «el duque» durante su estancia. Así, a secas, sin especificar, porque en la villa burgalesa todos saben de quién se trata. Se refieren a don Francisco de Sandoval y Rojas (1553-1625), V marqués de Denia y I marqués de Cea, duque de Lerma desde 1599 y valido del Rey Felipe III, es decir, un ministro plenipotenciario que se dedicaba a gobernar en lugar del monarca, de natural vaguete y de poco fuelle. El duque de Lerma, que usaba el sello real a voluntad, basó su gestión en el chanchullo y la venta de cargos, elevando la corrupción a cotas asombrosas. Hasta su caída en desgracia y reciclaje en cardenal, el aristócrata exprimió al máximo la amistad y confianza de Felipe III en beneficio propio.
A Lerma, la localidad, esto le vino muy bien, porque cuando don Francisco recibió su ducado inició un ambicioso programa de construcciones y reformas urbanísticas que le dio a la villa la monumentalidad que admiramos hoy. El mejor punto para empezar una visita es el Arco de la cárcel. Vestigio más notable de las desaparecidas murallas medievales, su nombre deja bien clara la función de su parte superior, hoy día dedicada a fines más amables como sede del Consejo Regulador de la denominación de Origen Arlanza.
Desde aquí se accede a una bonita plazuela, núcleo de la Lerma medieval, de la que nace la Calle Mayor que desemboca en la plaza Mayor, un espacio de casi 7.000 metros cuadrados dominado por el palacio ducal. En tiempos del valido la plaza lo era de toros en las ocasiones señaladas, además de acoger todo tipo de fiestas y espectáculos para entretener a la Corte.
El Palacio ducal fue levantado según el proyecto de Francisco de Mora a partir de 1601 sobre un castillo medieval en estilo herreriano. Recuperado tras años de dejadez, ahora es un Parador de Turismo. La fachada esconde un secretillo: parte de las ventanas del lado derecho son de pega. Detrás no hay habitaciones sino los muy gruesos muros de un castillo medieval, que se mantiene embutido en el edificio posterior. De hecho, se puede comer en él, pues sus bóvedas acogen el restaurante del Parador.
El Palacio, con todo, no disponía de capilla. ¿Para qué? Si el duque quería asistir a misa le bastaba con recorrer en silla de mano los pasadizos elevados que unían su residencia con la colegiata de San Pedro y todos los conventos de la villa, fundados por él o su hijo, el duque de Uceda, y construidos también en estilo herreriano. Algunos, como el convento de San Blas, junto al palacio, el monasterio de la Madre de Dios o el de la Ascensión de nuestro señor, siguen siendo cenobios, aunque sus iglesias se pueden visitar a algunas horas. Otros, como el Monasterio de Santa Teresa o el de Santo Domingo, ahora tienen otros usos. El primero acoge el ayuntamiento y la oficina de turismo. El segundo es un instituto.
El único tramo visitable de los pasadizos está sobre el Mirador de los Arcos. Desde este lugar se contempla una preciosa panorámica de la vega del río Arlanza, en su día los jardines del Duque hasta donde la vista alcanza a derecha e izquierda. Detrás está la plaza de Santa Clara, en la que está la tumba de Jerónimo Merino, el Cura Merino, guerrillero ensotanado de la Guerra de Independencia. Rodeando el monasterio de la Ascensión -el de las célebres Clarisas de Lerma- se llega hasta la colegiata de San Pedro, de dimensiones catedralicias.
En la sacristía llama la atención la mesa del despacho del valido, taraceada en mármol y regalo personal del Papa Paulo V. El mueble era tan vistoso que don Francisco temía que el Rey se encaprichara con él y le ‘invitara’ a regalárselo. Para prevenir el posible mangoneo real el palacio disponía de una máquina para trasladar y ocultar la mesa cuando Felipe III venía de visita. El Duque conservó su mesa, pero no así sus poderes. Cayó en desgracia en 1618 y murió retirado en Valladolid, lejos de la villa que embelleció.
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