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Un veraneo de Alfonso XII convirtió la localidad en el lugar de moda de la aristocracia
23.09.11 -
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Comillas (Cantabria). La joya modernista
Comillas es como es gracias a Antonio López y López y a la moda de los baños de ola de finales del siglo XIX. Hijo de una pescadera viuda, don Antonio emigró a Cuba, donde se dedicó al comercio. Al volver enriquecido redondeó su fortuna casándose con una joven rica de Barcelona. El dinero le permitió ejercer el mecenazgo en su localidad natal, además de prestar fondos al gobierno. Este servicio le valió el título de marqués otorgado por el joven Alfonso XII, que pasó el verano de 1881 en Comillas, disparando el gusto por la villa entre la aristocracia y la burguesía más o menos alta, que se dedicó a edificar en ella palacetes y quintas de recreo.
Para visitar la localidad lo primero es plantarse en la Oficina de Turismo, situada en los bajos del Ayuntamiento, y hacerse con un plano de la localidad, que propone dos recorridos, uno por la Comillas modernista y otro monumental. Como ambos se cruzan se puede pasar de uno a otro sin mayor problema, porque casi todo está a un paso y además Comillas es una localidad que invita al callejeo: a la vuelta de cualquier esquina aparece una casona, un palacio o espacios abiertos como el Corro San Pedro o el Corro Campíos, junto a la notable iglesia de San Cristóbal.
Al lado del Ayuntamiento está la Fuente de los tres caños, obra de Lluis Doménech i Montaner, quizá el arquitecto modernista que más obra tiene en Comillas. Al visitante le sonará porque proyectó el Palau de la Música de Barcelona. Muy cerca está la Casa Ocejo, adquirida por Antonio López y López y en la que veraneó Alfonso XII, para lo que fue acondicionada por arquitectos de prestigio.
Gaudí juvenil
Pero casi todo el mundo empieza por El Capricho, de Antonio Gaudí. Es la visita obligada en Comillas. Obra de juventud del arquitecto, este chalet fue proyectado en 1883 por encargo de Máximo Díaz de Quijano, cuya hermana era cuñada de Antonio López y que al igual que éste era un indiano que regresó de América con las arcas bien nutridas. El edificio es una extravagancia entre oriental y mudéjar con algún toque medievalizante. Una curiosidad: las baldosas que recubren parte del exterior miden 15 por15 centímetros, medida que Gaudí utilizó como unidad genérica de producción.
Aunque está al lado, tras una valla, hay que dar un pequeño rodeo para llegar al conjunto que forman el palacio de Sobrellano y la capilla panteón de los marqueses de Comillas. El templo fue el primer edificio modernista que se construyó en la villa. Descrito en las guías como una catedral en miniatura, fue proyectado por Joan Martorell y Gaudí se encargó de parte del mobiliario.
Junto a la capilla está el palacio de Sobrellano, cuya construcción arrancó en 1881 por encargo del primer marqués de Comillas, que sin embargo no lo vio terminado porque murió dos años después. Algunos visitantes le ven cierto aire veneciano, mientras que otros se lo aprecian inglés. Aciertan todos. El arquitecto Joan Martorell jugó con elementos de las arquitecturas medievales de ambos países. Merece la pena recorrer sus dependencias con llamativas vidrieras, artesonados y chimeneas.
Puerta firmada
Desde los jardines del palacio se ve enfrente el enorme edificio de la que hasta 1968 fue la Universidad de Comillas. Fundada como seminario bajo patrocinio del primer marqués, comenzó a construirse en 1883. Es notable la Puerta de las Virtudes, de Doménech i Montaner, cuya firma se aprecia en la base de una de sus hojas.
El recorrido por la Comillas modernista alcanza su punto inquietante al llegar al cementerio, en una colina frente al mar. Lluis Doménech lo diseñó en 1893 por encargo del Ayuntamiento a partir de las ruinas de una iglesia gótica, a las que añadió una portada monumental y el muro que rodea el recinto, adornado con pináculos. Sobre las ruinas domina una estatua del Ángel Exterminador, de Josep Llimona. Verla y sentir que no somos nada es todo uno. ¡Y por la noche está iluminada!
Desde el cementerio es buena idea subir hasta el monumento al marqués de Comillas y admirar el paisaje marino desde el parque que preside. Detrás, otra casa notable, la del Duque, de finales del XIX y de estilo inglés. Desde aquí se puede bajar hasta la playa y el puerto, que parece de juguete. Comillas fue el último puerto ballenero de Cantabria, construido en el siglo XVII después de varios tiras y aflojas con la vecina San Vicente de la Barquera y estuvo fortificado y artillado. Dos de los cañones apuntan al horizonte como adorno.
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