Información útil
Entradas: Conviene reservar el combinado de visita al Museo y a los yacimientos por teléfono (902 024 246) o por Internet (www.museoevolucionhumana.com). Los precios varían en función de lo que se quiera visitar, el Museo sólo (6 €) o también los yacimientos (10 €) y el parque arqueológico (14 €).
En los yacimientos: Se recomienda llevar calzado cómodo y, en otoño e invierno ropa de abrigo, pues las excavaciones se encuentran al aire libre.
En los yacimientos
El Museo de la Evolución Humana está concebido como un conjunto cuya parte complementaria son los yacimientos de Atapuerca. Hasta su apertura, los visitantes que querían conocerlos tenían que desplazarse hasta el centro de recepción situado en Ibeas de Juarros. Ahora la ‘base de operaciones’ es el Museo, desde el que se llega hasta los yacimientos en cómodos autobuses lanzadera. Se puede visitar la exposición sin miedo a perder el bus: un servicio de megafonía avisa de las salidas. Eso sí, las plazas son limitadas, por lo que conviene reservar con antelación. Hay dos modalidades. El primer combinado incluye el Museo y los yacimientos, pero el más recomendable es el segundo que comprende la visita al Museo, los yacimientos y el parque arqueológico situado en el pueblo de Atapuerca. Se trata de un interesante complejo didáctico que propone un recorrido desde la más remota prehistoria hasta lo que los arqueólogos llaman -de forma desconcertante para los profanos- ‘prehistoria reciente’, hace unos pocos miles de años. Ayer, como quien dice. En el parque arqueológico los visitantes ven cómo se tallaba el sílex, se encendía el fuego y se lanzaban jabalinas. Los más atrevidos pueden probar supervisados por los guías. A los niños les encanta.
Desfiladero artificial
La Sima del Elefante, la Gran Dolina, la Galería... son nombres que se han hecho famosos a fuerza de producir una serie de hallazgos paleontológicos sin precedentes. El paisaje en el que se encuentran es llamativo por su naturaleza: se trata de un desfiladero artificial abierto a finales del siglo XIX para trazar una línea ferroviaria, la del tren minero de la compañía The Sierra Company Limited. El corte, de más de medio kilómetro de longitud y de hasta 20 metros de profundidad, dejó al descubierto los yacimientos que recorren los visitantes. Otros, como la Sima de los Huesos, son inaccesibles.
Se llama Miguelón, como homenaje a Miguel Induráin, pero en realidad no tiene nada que ver con el ciclismo, más que nada porque cuando vivió no había bicicletas. De hecho, faltaba la friolera de medio millón de años para que las inventaran. Miguelón es el apodo del cráneo número 5 de la Sima de los huesos, una de las piezas más importantes de las encontradas en los yacimientos de la sierra burgalesa de Atapuerca. Ahora los curiosos pueden mirarlo muy de cerca, se puede decir que «cara a cara», en el Museo de la Evolución Humana de Burgos, inaugurado en julio.
Situado en pleno centro de la ciudad castellana -a dos pasos de la famosa estatua ecuestre del Cid, a cinco de la catedral-, la sede del Museo es un luminoso y modernísimo pero bien integrado edificio proyectado por el arquitecto Juan Navarro Baldeweg. Es un gran prisma traslúcido que a primera vista parece estar vacío. Es la impresión que se lleva el visitante al entrar en su gigantesco atrio, una gran caja de cristal y de acero llena de luz.
Los tesoros de Atapuerca
Un consejo: Si no se quiere hacer cola durante media hora mínimo, conviene reservar la visita por anticipado vía web o por teléfono. Es recomendable apuntarse al ‘pack’ completo: la entrada para el propio centro y la visita en autobús a los yacimientos.
Una vez dentro del Museo el visitante descubre enseguida que lo del gran espacio vacío es una percepción falsa y que por delante tiene cuatro plantas de exposición por recorrer. Se empieza por abajo, por el piso ‘menos 1’, dedicado íntegramente a la Sierra de Atapuerca y su universo científico. Una primera sección muestra el origen geológico de la Sierra y la formación de los yacimientos. De ahí se pasa a admirar los auténticos tesoros del Museo.
Dos grandes cubículos albergan los restos más significativos de los encontrados en las excavaciones de los yacimientos de la Trinchera del ferrocarril y de la Sima de los huesos. Es aquí donde el visitante se topa con Miguelón y familia. El ‘primo’ más lejano es el ‘Homo antecessor’, un millón de años, con redondeo y tirando por lo bajo. Los huesos que sirvieron para definir esta especie fueron encontrados en el yacimiento de la Gran Dolina a mediados de los años 90.
Aquí podemos ver parte de los huesos de la cara de un ejemplar. Miguelón, aunque es más reciente, impresiona más porque el cráneo está casi completo y al mirarlo es inevitable pensar que se trataba de ‘alguien’. Era un ‘Homo heidelbergensis’, la especie de la que Atapuerca ha resultado ser una auténtica mina paleontológica. En el yacimiento conocido como la Sima de los Huesos aparecieron más de 5.000 restos de unos 30 individuos que fueron arrojados allí hace medio millón de años por sus congéneres. ¿Por qué? Misterio. El caso es que Miguelón es el cráneo de ‘Homo heidelbergensis’ mejor conservado del mundo y aquí está expuesto casi al alcance de la mano.
En la vitrina de al lado se muestra una pelvis más conocida como Elvis -al equipo científico de Atapuerca le encantan los apodos-, de la misma especie. Pero no todo son huesos. También hay herramientas. Está Excalibur, un bifaz o hacha de mano tallada en cuarcita roja. Apareció en la misma sima y los arqueólogos suponen que fue depositado con algún tipo de intención simbólica o ritual.
En el ‘Beagle’
Tras admirar los restos obtenidos de las excavaciones, toca repasar los fundamentos de la evolución en la siguiente planta. El año pasado se celebró el bicentenario del nacimiento de Darwin y el Museo burgalés recuerda al padre de la teoría de la Evolución con una reproducción del despacho en el que escribió ‘El origen de las especies’ reconstruido dentro de una réplica parcial del bergantín ‘Beagle’.
La evolución cultural ocupa la siguiente planta, en la que el visitante descubre el mundo del arte rupestre, las tecnologías prehistóricas o la aparición de los rituales funerarios. Destaca un audiovisual consagrado al fuego y que se proyecta en una pantalla de 360º que rodea al espectador. Es algo mareante pero merece la pena.
El recorrido concluye arriba, en la planta dedicada a los ecosistemas que más influyeron en la evolución humana y que en realidad es un gran mirador. Desde aquí se puede contemplar el atrio y los cuatro paisajes de diferentes épocas ‘plantados’ sobre las salas de la planta ‘menos 1’. Uno de ellos era el entorno en el que vivió Miguelón.