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No hay agua en el Sella para tanto palista, pero las orillas arden de ambiente y se disfruta en muchos idiomas
16.11.07 -

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Descenso del Sella (Arriondas). La travesía de Dionisio
Cuando, allá por los años 30, Dionisio de la Huerta programó una excursión en piragua por los ríos Piloña y Sella con sus amigos no se podía imaginar que aquel primer paseo se convertiría en el germen de una de las citas más esperadas del verano. Lo que comenzó como un recorrido para disfrutar del paisaje a la sombra de los avellanos se transformó en competición deportiva y así, en 1932, se celebraba la primera carrera entre las localidades asturianas de Arriondas y Ribadesella a la que, además de los palistas, acudieron conocidos que les jaleaban con pasión. La costumbre se mantuvo, excepto durante la Guerra Civil, y el tiempo se encargó de nutrirla.
De dos compañeros remando al sol pasó a 850 piragüistas en la última edición. De un puñado de colegas animando a cientos de espectadores agolpados. Y de una excursión de vecinos de Infiesto –allí residía Dionisio–, a la reunión de deportistas internacionales llegados de 20 países que se vivirá este mes. Multiplicada por infinito su fama, hoy día resulta difícil distinguir si es más abundante el caudal del Sella o el del río humano que se acerca a celebrar el descenso que, además de una prueba de rapidez, es una fiesta multitudinaria ligada a la juerga donde la sidra corre tanto como las piraguas.
¿El mejor consejo para sobrevivir a la jornada? Toma nota del refranero español y allá donde fueres, haz lo que vieres. A saber… y por pasos. Lo primero: acude al desfile de Arriondas, donde tritones, sirenas y otros miembros de la corte de Neptuno animarán el cotarro junto a astures y gaiteros. En este lapso previo a la competición, asiste al hermanamiento del Miño con el Sella –la edición de 2008 está dedicada a Lugo–, que acogerá en sus aguas parte de las del río gallego.
El segundo paso consiste en emocionarse con la salida. Incluso apretujados merece la pena estar presente. Será a las doce del mediodía, después de leer un texto escrito por Dionisio, cuyo versos se repiten cada año. Prepárese el novato a escuchar, con los pelos de punta, el Himno de Asturias. La última nota encenderá, además de los corazones, la luz verde de los semáforos que marca el inicio de la carrera.
Lo tercero: seguir a los remeros. Cada cual elige la forma: tren fluvial, coche… No te sorprendas si te adelantan tractores engalanados o vehículos de difícil clasificación. Aquí se trata de no pasar desapercibido. Si prefieres tomártelo con calma, los Campos de Oba son un buen lugar desde el que ver la bajada, pero olvídate de estar solo.
Mil atractivos
Cuarta estación: busca un hueco en la meta, situada en el puente de Ribadesella. Tras casi 20 kilómetros de recorrido, habrán pasado aproximadamente hora y diez minutos para el más rápido. Y lo quinto y último: mimetizarse con el ambiente que se prolongará hasta la madrugada entre los chiringuitos que los hosteleros sacan a la calle. Después de lo leído, no pretenda el recién llegado tranquilidad, y si la pretende, que busque en otra parte.
Sustituye la playa de la villa, que ya visitarás con calma otro día, por las de Vega (5 km.) o Guadamía (7 km.). Los murales de Mingote en el Paseo de la Grúa por las pinturas de la cueva de Tito Bustillo. O acécate a la Feria del Queso en Cuerres. Todo esto con permiso del tráfico, que estará complicado.

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