Torimbia Llanes (Asturias)
Servicios: Solo acceso peatonal. Parking a 1.000 metros. Socorrista y puesto de Cruz Roja. Contenedor de basuras y limpieza regular. Chiringuito de temporada. No tiene duchas ni aseos. Perros no.
La costa de Llanes han enamorado a los mejores directores del cine español. Películas como ‘El orfanato’, ‘Remando al viento’ o ‘El abuelo’ se rodaron en estas maravillosas playas, situadas a dos horas del País Vasco. Una de las más bellas y salvajes de todo el concejo es la de Torimbia, captada con maestría por la cámara de José Luís Garci en la historia que protagonizaba Fernando Fernán Gómez. Además de ser un inmenso plató cinematográfico, Torimibia es el escenario ideal para quienes suelen prescindir por completo del vestuario playero. Pionera del nudismo en España en los años 60, en este pequeño paraíso de arena fina y aguas cristalinas escasea la lycra, pero reina la tolerancia, así que también es posible protagonizar una fabulosa jornada de sol y mar con el traje de baño puesto, sin que nadie te mire como el malo de la película.
Situada a ocho kilómetros de Llanes, en la aldea de Niembro, esta playa no goza de un acceso fácil, por lo que sigue a salvo de las legiones de sombrillas y neveras portátiles. Llegar hasta la arena requiere unas buenas piernas y algo de paciencia, ya que el descenso se hace por un sendero de casi un kilómetro. Deja, por tanto, las prisas y el estrés aparcados junto al coche, en el collado que termina al borde la Peña Prieta, y empieza a disfrutar del espectáculo.
Las vistas desde este mirador tienen fama de ser unas de las más bonitas de Asturias. Antes de emprender el camino hacia la orilla, tómate tu tiempo para respirar el aire puro que trae la brisa del mar y hazle un regalo a tus ojos contemplando el azul intenso del horizonte en contraste con el dorado de la arena y el verde que tapiza las montañas, los prados, los bosques de encinas y los profundos acantilados.
Torimbia es, vista desde arriba, una de las playas más coquetas del litoral cantábrico por su silueta semicircular perfecta de 500 metros. Por su forma, bien podría ser la hermana pequeña y rebelde de La Concha de San Sebastián. Es como si, por arte de magia, la bahía donostiarra hubiera sido reducida y trasladada hasta este lugar en medio de la nada. Dos grandes brazos de rocas la protegen de los vientos más furiosos, de corrientes peligrosas y de las incómodas invasiones de algas, por lo que darse un baño en sus aguas resulta de lo más placentero. Las olas, tranquilas y respetuosas, te mecerán sin darte traicioneros revolcones.
No te marches de allí sin dar un paseo hasta la iglesia de Barro, uno de los sitios más pintorescos de la comarca. Cuando sube la marea, el templo con su minúsculo cementerio queda suspendido sobre la ría, entre barcas de pescadores olvidadas a merced de las corrientes, y se refleja en el agua ofreciendo una bucólica estampa inmortalizada en ‘El abuelo’.