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La franja costera al norte del País Vasco era un cenagal tenebroso hasta que lo descubrió el turismo
01.07.11 -
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Las Landas (Francia). El desierto azul
Las Landas no eran nada. Durante siglos no existieron. Y si alguien las nombraba lo hacía en voz baja, susurrante, los ojos inyectados en misterio, casi en terror. Kilómetros y kilómetros de tierra desierta, pantanosa, habitada en sus ciénagas por mosquitos que transmitían la malaria. El Atlántico, siempre enfurecido, cubría sus arenas y las convertía en dunas movedizas que engullían a muchos de los peregrinos que por ellas pasaban camino de Santiago. Encajonadas entre el País Vasco y el Norte de Aquitania, Las Landas no existían. Sus pocos habitantes, desperdigados, se escondían en las marismas interiores y sus animales, los que sobrevivían al desierto, a las picaduras de los mosquitos y a la rabia del océano, servían más bien para poco, para una economía de supervivencia en una tierra desconocida no ya para los vascos del sur sino para la propia administración francesa que lo único que se atrevió a hacer en 1790 (un año después de la Revolución) fue unificar las catorce asilvestradas comunas existentes en un único Departamento.
Aquella costa maldita y aquel interior enfermizo seguían, sin embargo, siendo tabú y representando en el imaginario de los galos horrores sin cuento. Quien recorría sus kilómetros infinitos no encontraba ni pan ni carne ni agua ni senderos. El bosque crecía salvaje y desmañado en 250.000 solitarias hectáreas… Hasta que a comienzos del siglo XIX se creó la Comisión Estatal de Dunas que para 1825 ya había estabilizado toda la costa landesa.
Desecar la tierra costó décadas pero resultó que Napoleón III se enamoró perdidamente de este lugar abandonado y mortífero, compró 8.000 hectáreas, las cultivó y las bautizó como Solferino. En 1857 se plantarían miles de miles de pinos marítimos que con el tiempo convertirían a Las Landas en el mayor bosque de Europa. El futuro acababa de empezar.
Un siglo después, los primeros aventureros del surf descubrieron que en esta costa se encontraban bastantes de los mejores ’beach breaks‘ del mundo, esos fondos marinos, arrecifes, rocas, bancadas que hacen que las olas sean surfeables, cabalgables y rompan como en ningún otro lugar. El ’beachbreak‘ que existe en los seis kilómetros de playa de Seignosse es incomparable y sólo puede competir con otro bien cercano, el de Hossegor.
Surf y dunas
Por eso las grandes pruebas de los circuitos internacionales del surf suceden aquí, entre los fondos de arena más consistentes y perfectos de Europa. En La Salle, por ejemplo, hay barras de arena increíblemente rápidas y allí también se encuentran las dunas más altas del continente: 110 metros. A 10 kilómetros al sur de la playa de Mimizan, justo en la desembocadura de un río hay buenos tubos con muy poca gente en el agua. La carretera D-652 lleva a Port d’Albert, no lejos del Vieux Boucau. Allí las olas rompen en ambas entradas del lago. Porque, se nos olvidaba, otra de las maravillas de esa región rescatada del olvido y convertida en meca para los surfistas del universo y los vascos del sur, son los lagos de agua salada, los ‘estanquets’ o ‘estagnots’ como se dice en lengua gascona, la de D´Artagnan y Cyrano.
Hoy aquel desierto enfermizo es un paraíso donde abundan los campings (79), las cabañas de madera que se alquilan por temporadas, los restaurantes donde tomar, cómo no, auténtico foie de oca o excelentes chuletas de vaca Chalossse, sabroso resultado del cruce entre las razas Limousine y Rubia de Aquitania. En las pastelerías es impepinable e imperial comprar el esponjoso brioche de la tierra, perfumado con anís y en los bares del puñado de pueblos pequeños y mimados que jalonan el departamento (Tarnos, Soustons, Saint Vincent de Tyrosse, Castets…) el viajero debe pedir un viejo armagnac o una copa de buen vino de Tursan antes de afrontar los 18 hoyos del campo de golf de Seignosse, el Blue Green.
Y conviene internarse en cualquiera de los seis circuitos propuestos por la oficina de turismo del lugar (www.tourisme_seignosse.com) para practicar senderismo o cicloturismo. Tampoco quedaría fuera de lugar coger el coche y dirigirnos hacia la Gran Duna. ¿Bajamos a África? No, subimos hacia la Gironda, hacia Arcachon. Allí la veremos: la Gran Duna de Pyla: 60 millones de metros cúbicos de arena que ocupan una extensión de 87 hectáreas y avanza inexorablemente hacia Las Landas a un ritmo milenario de tres a cuatro metros anuales.
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