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Pese a su abrumadora apariencia, el Distrito Federal es un lugar amigable y apasionante
30.04.09 -

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Ciudad de México con Pablo Zulaica. El monstruo manso
A quien otea, nariz en el cristal, mientras el avión planea para tomar tierra en el aeropuerto Benito Juárez, le embarga una sensación agridulce ante la abrumadora vista de un mar sin fin de cemento gris y oscuras líneas en fuga. A lo mucho verá barrios que trepan las verdes colinas aledañas, algunos parques y millares de puntos de colores congestionados en cada cruce. Se siente uno extasiado, imagina la cantidad de vivencias que están por sucederle, pero no puede evitar una pregunta: ¿por dónde empiezo?
Huelga decir que tiene a sus pies una ciudad apasionante, que va a dar sus primeros pasos amedrentado por lo visto en televisión y que luego va a relajarse y a abrir todos y cada uno de sus poros hasta enchilarse de DF. Pero hay un dato no tan obvio y ciertamente ilustrativo: quien llega al DF con la idea de algo más que unas vacaciones de Pascua suele terminar por quedarse. Que se lo digan a un servidor o a cualquiera de sus amigos extranjeros. Uno se percata al mirar un calendario: es como levantarse a deshora, pero sin remordimientos. No hay culpa alguna y es, de hecho, muy comprensible. Entonces percibes que el mundo tiene otra forma de mirarse y que, si no la has adoptado, al menos la comprendes. Pero también lo sabes porque soportas y amas el chile, te salen palabras extrañas y la voz de tu madre, al teléfono, se oye bien chistosa.
Ahora bien, una vez alertado el viajero neófito, es conveniente hacer un plan valorando los días disponibles por si aún pretende tomar el avión de regreso en el día planeado. No hay que achicarse ante el tamaño, pues, aunque es real, no deja de ser un mito. Al fin y al cabo, los puntos de interés de una ciudad se concentran en uno o varios barrios no muy alejados, y ésta, en realidad, alberga en su seno decenas de ciudades que pautan el día a día de sus habitantes. Es tanto o más común que en otras urbes toparse a un amigo en una esquina o conocer de vista a gente con la que coincides en bares sin lógica aparente. La ciudad se presta a conocerse y, si uno logra disimular su condición de turista, está en su mano comprender un pedazo de su idiosincrasia. A primera vista, hay dos factores que la hacen tan amigable y embriagadora. Uno, la facilidad para entablar relaciones y la cantidad de tesituras que les dan pie; y dos, la vocación dual de provinciana y cosmopolita que atesora una ciudad donde sombreros de paja y faltriqueras conviven con los últimos diseños de la Quinta Avenida. Así, la urbe genera innumerables recovecos que requieren de la imaginación y la espontaneidad, y el extranjero, más aún el vasco, tan viajero, llega dispuesto a ellas.
Claustros y patios
Pero sería vago decir que México es una ciudad para callejear. El Centro Histórico es enteramente colonial y alberga la Catedral barroca, la plaza del Zócalo o el Palacio Nacional. Los numerosos palacios ocultan bellos claustros y patios en los que uno imagina sin problemas al Lazarillo de Tormes o a un pintor cortesano (aunque, en realidad, son muralistas como Rivera, Siqueiros u Orozco). Pero el urbanismo postcolonial, que aunque respetó las antiguas calzadas mexicas intentó el plano en cuadrícula, fue materializándose al socaire de cada estilo que surgía en Europa y después en su vecino del norte. Así, los presidentes erigían junto a amplias avenidas grandes edificios neoclásicos o eclécticos a la manera de París o Roma. Sin embargo, la Escuela de Chicago, el art decó o el racionalismo dejaron entre los pudientes joyas poco conocidas que fueron virando hacia un estilo nacionalizado al combinarse con formas y motivos de las culturas mesoamericanas. Las exquisitas colonias Roma y Condesa, ajardinadas y muy paseables, son los mejores ejemplos.
Otros puntos aislados merecen al menos una rápida visita: al sur, la Biblioteca de la UNAM, la casa de Luis Barragán, el Estadio Azteca, Coyoacán o la zona lacustre y de canales de Xochimilco; al norte, la azotea de la Torre Latino, el Bosque de Chapultepec, Tlatelolco o las impresionantes pirámides de Teotihuacán, a poco más de una hora. Es pues aconsejable no dejar el DF «para los últimos días de mi próximo viaje a México». No sea que el avión se vaya sin uno.

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