Hay peña que, como Pato y El Diablo, posee una sobrenatural capacidad para recuperarse de las resacas. Estos dos cántabros estaban carbonizados el domingo al mediodía, pero rieron y saltaron y siguieron bebiendo por la noche en el bolo-guateque de los Fleshtones, otros que tal bailan: la víspera, en el HellDorado vitoriano, los cuatro neoyorquinos tocaron unas dos horas y bebieron mogollón y fue tal el desparrame que su baterista, Bill Milhizer, se arrojó en plancha sobre el público, cayó sobre unas chavalillas, éstas no soportaron su peso y el tío se golpeó contra el suelo lesionándose una mano que al día siguiente protegió con un vendaje.
Y así, resacosos y heridos pero inasequibles al desaliento, los Fleshtones la montaron parda durante hora y media de bolo dominical en el Kafe Antzokia, donde dispusieron de espacio para sus correrías y convirtieron el encuentro en un acto interactivo. Y es que los yanquis pasaron más tiempo entre el público que sobre el tablado y quizá el momento más hilarante se produjo cuando escogieron a dos chicas del respetable, las subieron a escena y las pusieron a tocar el bajo y la guitarra (¡y se oía bien, oigan!) mientras ellos establecían abajo una competición de flexiones en la que participaron algunos animados machotes (¡igual que los convictos en la cárcel de San Quintín!).
Montera torera
A base de rock and roll hostelero, garaje uperisado y gotas de soul, los Fleshtones empezaron desperezándose pero poco tardaron en entrar en harina y en desmelenarse los flequillos, posar con perfiles egipcios para los foteros, soltarse botones de las camisas, correr arriba abajo, y todo lo que se les ocurra. Sí, beber de las birras de algunos espectadores también. Y mientras, caían canciones como ‘Going Back To School’, ‘Let’s Get Serious’, un ‘Pretty Pretty Pretty’ entonado en plan agudamente crápula por el guitarrista Keith Streng o, ya en los bises, los laureles reverdecidos del ‘American Beat’.
Eso fue jauja, queridos lectores, con el hacha Keith exhibiéndose y lanzando patadas al aire, ascendiendo al anfiteatro para puntear, surcando al público que se abría ante la proa de su mástil y escalando sobre las rodillas del incombustible cantante Peter Zaremba (que se esforzó con el castellano y decía eskerrik asko) y del bajista Ken Fox para posar espectacularmente estatuarios en plan gladiadores del rock. Y tampoco estuvo mal cuando Zaremba ordenó al personal que invadiera el escenario y Juancar Muga (¡que estaba de cumpleaños!) nos dijo que hala, a subir, y le seguimos como al flautista de Hamelín, porque lo que nos dice Juancar para nosotros va a misa, y ahí nos plantamos y vimos al público: al gallina de Pato, a Manu El Gallego, a la guapa Mati...
Se supone que al poco acabó la cosa. El bajista hasta se puso a estrechar las manos y a decir ‘gracias por venir’, como un predicador sureño al final de su oficio dominical. Pero no, aún hubo un segundo bis y al finiquitarlo los Fleshtones se encaminaron a la puerta, pero no para tocar en la calle como barruntamos, sino para atender el puesto de merchandising. ¡Qué aglomeración de fans sonrientes provocaron! Los cuatro autografiaban los CDs con rotulador grueso (bonito recuerdo) y Pato se compró por 15 euros una camiseta a colores de superhéroe. Estaba más contento que cuando de pequeño se paseaba por el pasillo de su casa con la montera torera de su primo.