Sigue la sección de críticas de música de nuestro 'guía' Óscar Cubillo. No te pierdas sus comentarios sobre los últimos conciertos.
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Las grandes músicas americanas camparon el viernes en Bilbao con el técnico pianista de jazz Brad Mehldau y el carnoso vocalista de soul Jesse Dee. El primero, nacido en Florida, encantó a los espectadores que llenaron la Sociedad Filarmónica con ocasión del programa 365 Jazz Bilbao, y el segundo, de Boston, arrobó a los pocos que se acercaron a la sala Black Fever de Bolueta. A las 8, ante un respetable híbrido compuesto por señoras venerables y jóvenes noctívagos, Mehldau, en solitario, concentrado como en un ensayo sin público, basculando su columna, sentado ante su piano de cola y mostrando tatuaje malote en su expuesto brazo derecho, reveló técnica artificiosa y buscó las vueltas a piezas que iban desde los originales a las versiones llevadas a su terreno, versiones de Nirvana (‘Smells Like Teen Spirit’ con blues a una mano), de Tom Waits o standards jazz tipo el ‘Get Happy’, éstas por él presentadas (además Pato distinguió las revisiones del ‘Bitter Sweet Simphony’ de The Verve y del ‘Teardrop’ de Massive Attack). En 99 minutos y 12 temas (hubo tres bises y su cuarta reaparición fue solo para saludar) Mehldau epató con técnica minimal reminiscente de Michael Nyman, virtuosismos entre su amado Keith Jarret y el gran McCoy Tyner, romanticismo y tenebrismo, gotitas de swing y blues, y una facilidad ejecutora por encima de su capacidad creativa, que no es poca.
Tras las deconstrucciones propias de Adriá ideadas por Mehldau a los marfiles, a las 10.30 pudimos catar las recreaciones souleras del vocalista bostoniano Jesse Dee, quien operó con una banda vasca que se batió el cobre y actualizó el soul sureño americano con autenticidad palpable: Nacho Beltrán a la batería infalible, Freddy Peláez al órgano acuoso, Iker Piris a la guitarra con blues y Jokin Salaberria al bajo perfecto por sobrio. En 84 minutos y 14 temas (los cuatro primeros del bis fueron de Jesse en solitario, exprimiendo su guitarra Epiphone de caja y con su garganta remitiendo a James Hunter, Sam Cooke, etc.), los cinco músicos crearon sobre la marcha una música vivaz y genuina, carnosa y con alma, alegre y contagiosa. Buah, Jesse, quien se enfrentó a más barreras idiomáticas ante el público que musicales con su banda, tuvo el mérito de no tirar de versiones, gritó y sudó, arrancó espoleando al respetable como Otis Redding, fraguó soul soleado, urbanita y moderno entre Mink DeVille y Eric Lindell, hizo blusoul vía Fenton Robinson, las baladas las bordó como Solomon Burke, el groove lo generó en plan Bill Withers, y el alma soul la auroleó igual que Eddie Hinton... Los pocos presentes vivimos un encuentro de ver y no creer, oigan. Mejor que los gozados aquí con su paisano Eli Paperboy Reed, que ya es decir.