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MÚSICA. EL BAFLE de Óscar Cubillo

Hebreo, erotómano e intelectual, Leonard Cohen fascinó a 6000 personas durante 175 minutos musicales en el BEC (17 de octubre)
05.10.09 -
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Transcurridas varias horas tras la inesperada cita con una septuagenaria estrella del rock a la que pocos aficionados esperaban ver en vivo pues se había retirado de los tablados, las emociones adquieren poso y el vaporoso encuentro sigue mereciendo justos ditirambos: sublime, impecable... Calificativos similares a los que Cohen prodigó en las ceremoniosas y respetuosas presentaciones de su banda de acompañamiento, seis músicos y tres coristas a los que regaló con definiciones similares a esta: “el genio de las teclas, el impecable...”.
Menos mal que la amante-representante se fugó con los millones (cinco, dicen unos, ocho, contabilizan otros) de su no tan adorado representado. Si no, no hubiéramos sido testigos de su serena maestría, de su lírica recitada, de su acertada visión mundana, de su querencia irreprimible hacia las tablas del amor a pesar de los maridos y los rechazos, de sua estética estilizada y elegante que para sí querría un Julio Iglesias tocado con sombrero.
Según la organización, unas 6000 personas acudieron el jueves al BEC para ver a Cohen, esa estrella de la introversión en tantas habitaciones oscuras... Había chicos y chicas, roqueros y maduros, extranjeros y futboleros, Mikel Erentxun y la crítica local en pleno, que acudieron al concierto casi a la misma hora, con lo que el inhóspito y alienante recinto se saturó y se formaron colas de coches y peatones y el encuentro arrancó mientras más de mil espectadores aún buscaban azorados su asiento.
El acontecimiento tuvo tres capítulos: 75 minutos de la primera parte, 20 de descanso, y 100 generosos de fin de fiesta. Casi el mismo tiempo de música que Springsteen, que se tiró 183 minutos del tirón en San Mamés. En la primera parte hubo 11 piezas, con Cohen en forma, ejerciendo de su personaje, sintiendo hondo su rol, al principio moviéndose con el equilibrio precario del equilibrista al filo del abismo, y al final más hierático, por eso de dosificar. La segunda parte, con 15 cortes y una coda coral en la que participaron hasta los eficaces técnicos de sonido, Leonardo la arrancó balbuceante a pesar de interpretar varios standards, pero remontó al encadenar diverosos éxitos más y coronó su propia alegría con los bises de viene y va con el mítico canadiense evacuando el escenario dando saltitos de duendecillo travieso, al modo del primer Woody Allen, otro hombre hebreo, erotómano e intelectual.
La gran sorpresa
Con su banda igual de elegante, según se sentaban a la carrera los rezagados, Cohen abrió con la melancólica ‘Dance Me To The End Of Love’, donde se sugerían aires mediterráneos parientes del itálico Battiato o del greco multiculti Moustaki. El sonido era estupendo, la escenografía sobria pero arropadora e íntima, y el espectáculo cursaba: en la segunda, ‘The Future’, las dos coristas hermanas se quitaron despacio las chaquetitas, se alejaron del micro y... ¡chas!, dieron una voltereta en lo que fue la gran sorpresa de la noche.
A Cohen le herían las letras, se acuclillaba en la ejecución y se calaba el sombrero sobre el corazón. Los temas llegaban rearreglados y él se apropió del gospel (‘Ain’t No Cure For Love’), del country-blues a lo Elvis Costello (‘Bird On A Wire’), de la marcialidad (‘Everybody Knows’), tantas veces del country sedoso (‘In My Secret Life’, más vivaz que Mark Knopfler, por cierto), de la negritud (‘Lover, Lover, Lover’, que se prologó zíngara) y del dramatismo (‘Anthem’),
Esta hora y cuarto funcionó y la gente lo comentaba en los corrillos del intermedio. La segunda parte la arrancó feble, con un country ‘Tower Of Song’ se ignora si solemne o caricaturesco (hasta él se rió), dos vulnerables repasos a grandes hits como ‘Suzanne’ y ‘Sisters Of Mercy’, y la monotonía de ‘The Gypsy’s Wife’. Gustó a la gente ‘The Partisan’, la corista negra y colabora de larga trayectoria Sharon Robinson protagonizó ‘Boogie Street’, y el jefe despegó enlazando con inspiración la confesional ‘Hallelujah’ y la orgullosa ‘I’m Your Man’, premiada con la ovación más larga hasta el momento.
Sonó ‘Take This Waltz’ y ya el resto fue una fiesta con Leonardo demostrando resistencia física e intercomunicación con un respetable que durante los bises no se sentó en la pista, o sea que aguantaron 42 minutos en pie los que habían pagado 90 euros por los mejores sitios por sonido y visibilidad. Los bises se alargaron, Cohen salió y regresó bastantes veces, como un divino Raphael, no dejó de sonreír en ‘First We Take Manhattan’, otro éxito marcial personal, y recitó ‘If It Be Your Will’ antes de dejar el foco a las angelicales Webb Sisters, que la entonaron en la onda del country alternativo según Cohen las observaba abstraído, apoyado en el báculo de su pie de micro. Luego se reactivó en la feliz ‘Closing Time’, cerró con ‘I Tried To Leave You’, y tras la coda se despidió diciendo: “Bueno, gracias amigos por cantar conmigo. Gracias por esta velada memorable. Hemos pasado un rato maravilloso”. Y más contenta que unas pascuas salía la peña de esta cita lírica y esperanzada a reencontrase con su vida prosaica y en crisis.
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