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Fin de semana con dos facetas flamencas a cargo de Valderrama y su ópera flamenca y del cantaor gitano jondo Pansequito. El domingo el Arriaga rozó el lleno para ver a Valderrama, el hijo del mito Juanito, quien recuperó la ‘ópera flamenca’, una fórmula surgida en tiempos para pagar menos impuestos y para realzar la clase del género. Con un tocaor mayúsculo, una pianista estupenda y unas cuerdas donde el violín se salía, Valderrama sofisticó el flamenco y al final hasta se atrevió a arrimarse a lo puro. Brotada en el pop melódico pasto de las fans, su voz dulce se defendió en general. Aunque a veces no pudo con montañas demasiado altas (los campañilleros de La Niña de La Puebla) y otras pareció estilista (en las seguiriyas y tarantas), otras se superó sí mismo, pisando la cumbre en las cantes de labranza (siembra, siega y trilla).
En sus 104 minutos el didáctico Valderrama se saltó el orden de su programa ‘Maestros’, un homenaje a voces señeras de antaño. Elegante con su chaleco rojo, se movió como un torero al saludar, al agradecer abrazándose, al rematar los versos... Pisó la copla en ‘La rosa’ del Niño de Marchena, explicó el origen gallego de la farruca y ahí expuso su trino vocal, se puso santiaguero en la guajira, sentado recitó mayúsculo a Vallejo por seguiriyas, saetas y granaínas, sonó moderno en los tangos y serratiano y andalusí en las ‘Nanas de la cebolla’ de Miguel Hernández, a Farina tributó en ‘Mi Salamanca’, en euskera entonó el clásico vernáculo ‘Ezin-aztu’ (Luis Mariano y Los Cinco Bilbainos lo han cantado), y al final recordó a su padre: en ‘Romace a los gitanos’ a dúo con la voz de Juanito Valderrama sonando enlatada, y en ‘El emigrante’ conteniendo la emoción, las lágrimas.
También el viernes en el Teatro Barakaldo el cantaor veterano Pansequito frisó el lleno y, en las distancias mas cortas de la sala pequeña, superó el impacto de Valderrama. Al gaditano la gente le premiaba generosa («viva tú», «viva lo puro», «que se enteren los jóvenes», «para comerte, Panseco», «no cantes más que ya estamos ‘pagaos’») y él lo agradecía: «viva Barakardo», decía. Trajeado, rizado y cano, entregado en cantes largos con su bronco vozarrón jondo, Pansequito ofició durante 88 minutos y ocho sucesiones de cantes, muy a gusto con su tocaor modernista Manuel Parrilla y muy eficaz al moldear a su antojo las palabras, retorciéndolas como el humo (por eso quizá le llaman renovador). Raspó racial en la soleá, los quejíos le salíeron naturales en los tarantos (qué emoción en la letra de «en el fondo de la mina / se les había apagado el candil / y se oyó una voz decir / ay, compañeros del alma / de aquí no vamos a salir»), los ayes se impusieron rotundos en las seguiriyas, sin micrófono epató en los fandanguillos y acabó por bulerías.