Sigue la sección de críticas de música de nuestro 'guía' Óscar Cubillo. No te pierdas sus comentarios sobre los últimos conciertos.
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Las beneméritas abuelas se hicieron notar entre el apacible respetable que llenó el miércoles la hermosa iglesia de La Encarnación de Atxuri para disfrutar de la actuación de la flamenca Carmen Linares en el ciclo Bilbao Ars Sacrum. Ella aportó la parte principal del programa, realzado con las aportaciones de la solemne y trianera Banda de Cornetas y Tambores del Santísimo Cristo de las Tres Caídas, que entró desfilando en el templo y además exhaló dos piezas estridentes y solemnes, tan duelistas que epatarían a Sergio Leone. El resto del tiempo Carmen Linares lideró a un sexteto reunido para la ocasión (cómo miraban timoratos por dónde irían los tiros el flautista y el percusionista, por ejemplo) y que se adornó con codas e introducciones cogidas por los pelos. En total fueron 64 minutos (incluidos dos de ovación final) y unas once piezas, y Carmen Linares fue de más a menos (al revés que hace poco en lo Viernes Flamencos del Teatro Barakaldo). Abrió entonando en pie la fúnebre saeta ‘Las cumbres se estremecieron’, y los largos ayes de ‘Amargura’, una saeta por seguiriyas, los soltó retorciendo su cuerpo de dolor. Cuando acabó sus primeros cantes se le escapó una sonrisa de satisfacción que no repetiría luego, cuando por ejemplo humedos sus ojos en los fandangos no llegaba adonde quería. Pese a todo supo mantener el tipo, demostrar clase con ronca garganta y alcanzar algún momento álgido más como en las seguiriyas de ‘Santa Ana repica’.
Luego los nietos, veinteañeros universitarios sobre todo, se congregaron para comprobar la validez escénica de Deerhunter, cuarteto de Atlanta, Georgia, en la cima de la fama y del predicamento universal. Grupos así de modernos no suelen pasar por Bilbao en el momento justo y Deerhunter hicieron justicia a la fama que les precede. En 86 minutos tocaron unas doce piezas, la mayoría divididas en dos ambientes (o sea que con la Linares compartían penas y piezas a cachos). Así, abrían como Teenage Fan Club y derivaban instrumentales en plan U2/Galaxie 500 (‘Desire Lines’), arrancaban igual que unos Reatards indies y medraban como Coldplay, desde la pereza de los Strokes levitaban hasta el blues sideral (‘Don’t Cry’) o del sesgo de Franz Ferdinand mutaban en espirales kraut rock. En el epílogo se pusieron atmosféricos y post-rock (cruzándose con los Who en ‘He Would Have Laughed’), y en el bis incluso se marcaron una rave de Manchester. Los chicos, cuatro frikis, conectaron con el público (¡había espectadores guiris!), su música viva pero oscura nos empapó y su líder, el larguirucho y contrahecho Bradford Cox, tuvo problemas con su gusiluz intermitente y en una ocasión se sentó sonriente entre la gente, que le hizo muchas fotos y le estrechó las manos.