Sigue la sección de críticas de música de nuestro 'guía' Óscar Cubillo. No te pierdas sus comentarios sobre los últimos conciertos.
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El viernes campeó el baile flamenco por el Gran Bilbao: en el teatro Barakaldo la bailaora Rocío Molina estrenó con éxito de público su obra ‘Danzaora’, y en el Café Iruña se está celebrando hasta el próximo fin de semana la Feria de Abril con tres pases diarios de un cuadro popular y más purista. Por la tarde catamos la exquisitez de Rocío, Premio Nacional de Danza 2010, moviéndose en una coreografía pintada con tangos y tañidos del Mediterráneo oriental. Guarnecida por tres sobrios y efectivísimos flamencos (qué naturalidad y facilidad la de José Ángel Carmona al cante, qué lirismo el de la guitarra de Eduardo Trassierra, qué saber estar de Oruco, el bailaor agazapado), la diminuta y robusta andaluza en hora y cuarto (más seis minutos de aplausos) vistió cuatro modelitos, demostró su flamenquería en forma de pitones y manos alzadas, y dominó las contorsiones, la gravedad y los perfiles. Tal alarde de fisicidad, tensión y tradición se difuminó bastante en la parte central, donde tras un lapso de desnudez lorquiana Molina apuntó movimientos supuestamente vanguardistas que, aun mejorando a Amargo de largo, no igualaron ni en plástica ni en técnica ni en expresividad a los más flamencos.
Luego tragamos un pase de media hora en el Iruña. El cuadro flamenco nominado Feria de Abril, un quinteto con más color en sus ropas, ofició ante un respetable variopinto y curioso relegando la sobriedad y contención en favor de los arrebatos y extremando el rictus, el zapateado y la mirada. Raciales y populares los cinco componentes, la cantaora flamenca atronó por el micro y miraba las hojas con las letras, el tocaor sonaba más rumbero que lírico, se subrayaron las sevillanas y en general el compás se sometió a la impostación. Aunque a Pato le cobraran de más en la barra, estuvo bien la incursión, no solo porque nos sirviera para valorar más a Rocío.