Sigue la sección de críticas de música de nuestro 'guía' Óscar Cubillo. No te pierdas sus comentarios sobre los últimos conciertos.
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A la hora que debía arrancar su show el miércoles, el mastodóntico guitarrista neoyorquino de blues-rock Popa Chubby estaba vendiendo CDs por 20 euros en la entrada del Kafe Antzokia. Al cambio, 30 dólares y sin factura. Al optimista Pato no le parecía caro: «¡Están firmados por Popa!». El propio Popa nos dijo que edita tantos discos, más de veinte ya, «¡porque tengo muchos hijos a los que alimentar y una esposa a la que le gusta la ropa!». Su esposa se llama Galea, una bajista cuyo nombre se tatuó Popa sobre un corazón en su paquidérmico bíceps derecho.
Rapado, tatuado y canijo pero con más de 150 kilos de tonelaje, Popa, que según espectador anónimo camina como Fraga, se tiró casi todos los 92 minutos de su bolo tocando sentado, igual que el vetusto BB King. Empuñando una descascarillada Stratocaster con banderita USA bajo las cuerdas y haciendo fácil lo difícil, Popa encadenó 13 temas en formato trío. Intercalando versiones (abrió con un estupendo ‘Hey Joe’ de Hendrix, cerró en el bis con un atropellado ‘Ace Of Spades’ de Motörhead, en el medio se serenó con el ‘Hallelujah’ de Leonard Cohen y un melódico ‘Over The Rainbow’ instrumental...), el buda tatuado dominó el blues con su hacha (un shuffle tejano a lo Stevie Ray Vaughan, el bibikinesco y diluviante ‘New York City Blues’ -el cénit del bolo-, el ‘Catfish Blues / Two Trains Running’ del Delta del Mississippi), nada purista picó en el rock y el funk, aparte hizo el paripé con un solo de batería, y, según corría el bolo, se minimizó por ponerse progresivo en largos punteos, a veces pareciéndose a Paul Gilbert y a menudo a Eddie Van Halen por eso de las melodías. Con todo, no dejó de recibir el calor del respetable. Por ejemplo de Fito Fitipaldi, quien desde delante le alentaba gritando: «¡aguanta, Popa!».