Sigue la sección de críticas de música de nuestro 'guía' Óscar Cubillo. No te pierdas sus comentarios sobre los últimos conciertos.
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Domingo de contrastes con la melódica sevillana Pastora Soler en el Arriaga y los metálicos finlandeses Children Of Bodom en la RoskStar Live, ambos cosechadores de aforos milenarios. La Soler lució cuatro modelitos y enseñó las cachas en los 98 minutos de actuación con unas 20 piezas, contando el solo de cajón, el número de baile de su esposo y los popurrís. Su visita rozó el lleno y tuvo dos partes. La primera, más propia de una boite que de un teatro, fue de pop melódico andalusí, amoroso y aserejé con mal sonido, escasa compenetración del combo y una Pastora que cantó cual Mónica Naranjo falta de facultades y escudada por una corista que le hacía la puerta (‘Bendita locura’, ‘Quién’...). Casi nos vamos, pero menos mal que la cosa cambió a la mitad, cuando vestida como Gilda, de verde, se puso a cantar tango exagerado, coplas que como ella dijo gustan en todos los lados (‘Que no daría yo’ y ‘Se nos rompió el amor’ de Rocío Jurado, la costumbrista ‘Triniá’) y flamenquito más playero que barraquero, cuando a Pastora se le rasgó la espalda del vestido negro de lunares blanco y una espectadora le cedió un imperdible. Pero la sevillana dignificó esta faceta flamenca en el bis, entonando valiente, solemne y sin micro ‘Una cantaora’. Y es que lo mejor de ella es lo más cañí y lo menos pop.
Al otro extremo melómano viajamos con Children Of Bodom, que concentraron a 1120 personas en la RockStar baracaldesa, la mayoría machos y muchos cachorros barbilampiños que coreaban brazo en alto. En hora y tres cuartos COB suministraron una quincena de piezas de death metal melódico a tumba abierta, ejecutadas con actitud inusual en el circuito metálico, técnica instrumental milimetrada, ansia avasalladora y barroquismo supersónico apelmazado por las condiciones de la sala, cuyo techo bajo creaba una homogénea bola acústica y provocaba que los juegos de luces cegaran al respetable por colgar a escasa altura. Con camiseta de calavera el teclista, el torso desnudo el baterista y tatuajes el vocalista, estos cinco melenudos lobos rabiosos árticos a veces mordieron el thrash mejor que Anthrax, otras dispararon un speed más blindado que el de Megadeth y su clasicismo reveló escuchas de los Judas y los Maiden mientras el público recibía fragoroso e incansable el impacto de títulos tipo ‘Hate Crew Deathroll’ o ‘Follow The Reaper’. Se acabó la cosa, la peña evacuó la sala con cara de contenta y gesto sudoroso, y Pato compró una camiseta pirata por 10 euros.