Sigue la sección de críticas de música de nuestro 'guía' Óscar Cubillo. No te pierdas sus comentarios sobre los últimos conciertos.
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Chico se quedó el Antzoki bilbaíno el sábado durante la actuación de los suecos crápulas Backyard Babies, Los Chavalucos del Patio. Chico para tanta gente veinteañera (se colgó el ‘no hay entradas’ y bastante peña se quedó fuera), para tanta ambición (los nórdicos aspiran desde hace veinte años a convertirse en estrellas y lo subrayan en su gira de aniversario y en su forma de dirigirse el público: Fucking Bilbao, nos llamó el cantante, Nicke Borg, celoso de algún secuaz suyo en alguna presentación), tanto ego (que no falte en roqueros vikingos tatuados y melenudos) y tanto equipo apelotonado sobre el escenario, un equipo deslumbrante en su derroche luminotécnico: sirenas, flashes estroboscópicos, columnas de focos como las de Marlango pero mejor usadas y guirnaldas silueteando los perfiles cuadrados de los amplificadores y redondo del bombo.
Casi no cabía en escena ni el logotipo del telón de fondo, su calavera con las tibias cruzadas, pero sí cupo el talento de los Backyard Babies, perceptiblemente limitado cuando estiraban el chicle en los punteos de varias canciones. Los suecos, eternos aspirantes al estrellato, ordenaron en uve su repertorio: abrieron con caña, se dosificaron en los temas centrales (más pop si se quiere), y recuperaron bofe en el epílogo. Sus piezas cañeras molan, son eléctricas, vehementes y dominadores de la melodía, por el lado filometálico maman de ídolos suyos tipo Guns N’ Roses y Mötley Crüe o se aparean con los injustamente denostados Crank County Daredevils, y por la cara punk absorben desde el binomio Clash/Rancid hasta el pegamento de los Ramones/Social Distortion.
Sus ansias por devenir estrellas del rock internacional se revelaron en esas composiciones centrales, con ecos británicos (en plan sus paisanos los Hives apostando por la Pérfida Albión, remedando el trance caótico de Oasis) y respiraciones de la lisergia de TSOOL. Y así, entre lapos al aire del cantante, el sudor de Dregen Hellacoperter y algún paseo suyo a lo Angus Young, el esfuerzo por sostener el entramado del baterista, las tonterías del bajista que llegó a simular que se metía rayas, las disputas de los machacas que controlaban desde el lateral la testosterona de los parroquianos que bebían en vasos de plástico que a veces volaban, más los trucos heavies para picar al respetable fomentando la rivalidad con Madrid y Barcelona, ciudades que los BB visitaron los días previos, nos plantamos en el día después, cuando nos planteábamos una elección, que no un dilema: si quedarnos con el cinismo del cantante, Nicke Borg, que dijo algo así como que han dado mil bolos y contado mil mentiras pero que era verdad que nos querían mucho, o volver a escuchar canciones inspiradoras del calibre de ‘Dysfunctional Professional’, ‘Making Enemies Is Good’, ‘Ghetto You’ o ‘Too Tough To Make Some Friends’. Pues eso.