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Todo el mundo salió contento la noche del viernes del encuentro en el Teatro Barakaldo con la cantaora calé Mariana de Cádiz, cuya última frase fue: «¡Me lo pasao mu bien!». ¡Arsa!, pues. Y antes ella se había congratulado de «ver lo que se sabe de arte aquí». En su debut en la plaza acudió con el experto tocaor Antonio Carrión (quien se llevó los mayores gritos de ánimo, incluido un «Antonio jodío») más dos palmeros (la guapa y morena hija de éste, Concha, y el orondo, rubicundo y rizado Diego Montoya), y la benemérita gaditana se arrancó destemplada, un poco justita de voz y quizá hasta se desconcentró cuando en el inicio el micro se acopló hasta lo insoportable.
Mariana de Cádiz, con sus 63 años que «no los represento tampoco», con una flor roja en el pelo lacado, zapatos rojos acharolados, falda con volantes de raso y corpiño de pedrería (así la describió Amaia, La Reina de la Movida), tiene fama de cantaora festera, pero el primer pico lo obtuvo en la trágica seguiriya, a dúo, con sus quebrantos vocales sobre el toque oriental de Carrión. Esta fue la cuarta pieza de las ocho que enlazó en 80 minutos, y el resto fue de subidón. En las chuflillas de Cádiz insertó una jota navarra demostrativa de su carácter todoterreno, las alegrías de la españolía de Andalucía colaron una referencia al Beni, las bulerías las cantó en pie, con trazos de copla, mirando al cielo a través del techo («sueño tantas cosas bellas / que despertar me da miedo») y rematándolas con un arrebatado ‘Si tú me dices ven’ de Los Panchos («muy bien la señora, ¡tela!», se alegró La Reina), y en el bis se salió Mariana con los tanguillos recitados de ‘La guapa de Cádiz’, entonados sin micro, con ella paseándose por el borde del tablao y esparciendo el salero chirigotero de Lola Flores («en Nueva York, cuando estaba en la compañía de Antonio El Pipa, me decían que era... ¡la rapera del flamenco!»).