
La tortilla del Néstor, cosa fina. / Luis Michelena
Llevamos ya muchas entregas sugiriéndo esa gastronomía feliz repleta de tragos, pasteles, comistrajos, lecturas, asados, confites o lo que se tercie para que colmen ese apetito primitivo de ese zampabollos que todos llevamos dentro. Nuestro reino se llama ‘ñampazampa’ y desde aquí les retransmitimos la felicidad de la cocina. En este rodar, hoy nos detenemos en el bar Néstor cuya tarjeta de visita no puede ser más elocuente: «amabilidad y simpatía».
El local exhibe también una fastuosa declaración de principios: «especialidad en jamón, lomo, chorizo de Salamanca y bocadillos», además de un precioso, «cafés: asiático, indio, bombón y beso de fuego». ¡Qué grande! Esta tasca la pilotan Piluka, Tito y el propio Néstor, peculiares espadachines que practican la famosa ‘ley de la espiral’, ya que llenan la cesta de la compra en la misma calle. Así pues, Miguel Ángel les aprovisiona de carne y Aitor, de tomates, procedentes de una tienda cercana de ultramarinos.
A la vuelta de la esquina
Néstor habla y sueña con los tomates. De hecho, en sus peores pesadillas estas hortalizas se extinguen de la faz de la tierra y hasta tiene que intervenir la FAO... Así que como en los grandes comedores, aquí sirven ensalada de tomate con sal y aceite de oliva que se bebe a morro, con cachos aliñados que saben a mermelada.
Cada día, cuajan dos tortillas de patata con dulces vetas de cebolla muy tostada. Las gildas son mundiales y su menú, único. Luego, tienes guindillas frescas de temporada o pimientos fritos de Gernika. No hay otra cosa, mariposa. La sal adormece la lengua y la cervecita fresca resucita las células ya muertas.
Para terminar, una extraordinaria chuleta asada, bien torrada, jugosa y con el corazón sonrosado. Caliente, pero sin alardes ni cuentos chinos de parrillas supersónicas o carnes criadas en el mismísimo Japón, masajeadas y alimentadas con gaseosa y trigo sarraceno. En el Néstor, a la chuleta le llaman por su nombre y la compran en su calle, a pocos metros.
De esta forma, convierten su casa en un lugar castizo y atendido de lo lindo. Son amables, simpáticos, positivos, vitaminados y supermineralizados. Tienen tan solo una mesa, bautizada con el número 19, siempre a rebosar. Así que por tan fausto motivo, su nutrida clientela no tiene reparos en jamar de pie, como mandan los cánones del tradicional chiquiteo.