
El legendario rodaballo a la parrilla del Elkano. / Foto: Lobo Altuna.
No es mi intención aguarles el buen rollo del fin de semana y nada deseo con más ganas que la indulgencia de todos ustedes, pero me pondré estupendo y les confesaré que, si me condenaran a muerte y tuviera el infeliz privilegio de elegir menú antes de enchufarme a la silla eléctrica, zamparía mi última cena en Elkano. Sí, lo sé, -pensarán horrorizados-, qué demonios escribe este tarado mientras llevan a la boca su pulgar, seguro, para humedecerlo y pasar página. Confíen, por el amor de Dios, y no se vayan.
Si tienen paciencia, les terminaré recomendando el menú ideal de este legendario restorán que superó los 45 años de existencia y en el que sirven un rodaballo a la brasa de talla mundial. No hay asador que lo supere por su perfecto punto de sazón, prieto, jugoso y cubierto de una piel tostada que es confite delicioso. Ese sería, y no otro, el plato fuerte de mi último banquete.
Si llega el fin, mi elección sería aterrizar con una bola de acero amarrada al pie y acomodarme en la primera casa del mundo que tuvo la ocurrencia de echar un cogote de merluza a la parrilla, Pedro Arregui es muy grande, ya lo saben. Pediría a María José una botella fresca de txakoli de Getaria y no tardaría un segundo en estar sobre la mesa, en cubitera llena de hielos empujada por Aitor(en la foto) o Esther, su bella esposa.
Con mucho sacrificio
Teresi traería el aperitivo, sí, tacos de bonito crudos empapados de tomate en vinagreta, qué delicia, ¡Marijo!, más pan, si es tan amable; Elena, la jefa de cocina, enterada de mi oscuro destino, se ajustaría el delantal a la cintura y pondría a todo trapo sartenes y ollas para servirme ese salmonete desmontado, su lomo retostado con la cabeza y la egala bien torrada, que chuparía con fervor sin temer el infortunio de atragantarme con espinas.
Luismari y Asier, alertados, me rendirían honores desde su parrilla, atizando el fuego para cambiar el tono a kokotxas bien gordas, dulces chipirones de potera, camarones, almejas, gambas rojas, mendreskas bien finas o salmonetes. Y al fin, llegará ese rodaballo antes anunciado, escurridizo, carnoso, empapado de perfume rústico y sabrosura, que me servirán con sus dos pieles y sus lomos, grueso y menudo, perfectamente limpios de espinas, pegajosos.
¡Agente!, -le digo al poli chungo que no me quita ojo-, ¡quiero postre!, panchineta de hojaldre hecha en casa con crema pastelera del copón de la baraja y un buen cuenco de helado de queso con infusión de frutos rojos y flan, y natillas y traigan también un café descafeinado, no vaya a quitarme el sueño, con mucho hielo y sacarina y copa, ron cubano, y cigarro puro y manden a Guantánamo la cuenta, que esto se acaba.