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Restaurante Atalaia (Irún). El fogón de la alegría
Ensalada de marisco y pulpo.
Cuando quieres ser cocinero, vuelas fuera de casa y te cuelas en los fogones de los maestros para entregar unas ganas desbordantes a cambio de conocimiento. Antes de triunfar en su Mar de Alborán, Ignacio pringó duro junto a Zapirain, Irizar y muchos otros. No les aburriré, pues el listado es infinito. Lo que no sabrán es que en la distancia echas de menos a tu novia -si la tienes-, a tus colegas, tu perro, tu moto y a tu ama. En el curro te comportas como un robot que no levanta la vista de la faena y estás al quite de todo. Si te dejaran, sabrías cocinar y emplatar toda la carta, pues te sientes Jesucristo Superstar.
Eres feliz con cada nueva aventura que te encomiendan, sobre todo si te arrima al fogón, a la parrilla, a los hornos, al cuarto secreto de panadería o al obrador de pastelería. Un día te confían un sofrito y te armas de valor, empuñas el cuchillo y tu puntería es brutal; tu vista, de gato; tu pulso, de joyero, y tu voluntad de hierro. No hay hueco por el que no te deslices y te das cuenta de que no tienes pellejo y te salieron escamas, mudaste pelusa en vez de pelo y ya eres, ¡un auténtico cocinero!
Ignacio Muguruza ha llegado hace pocos años a Irún. Es feliz y un hueso duro de roer: una raza en peligro de extinción. Su chica, María, baila por el local y dirige sonriente el asunto, orgullosa de trabajar en una profesión que calma el hambre y la sed al viajero, pues su flamante Atalaia está sobre una encrucijada de caminos.
Tan sólo una cosa ha cambiado y es que el chef hoy disfruta de su propia cocina. Ignacio tiene el mejor oficio del mundo. Sabe que no hay nada más grande que un local repleto de gente que quiere jamar cocina gozosa, a la vez que sencilla. Terrinas de puerros, milhojas de verduras, ensaladas caprichosas, txangurro y pescados al horno, montañas de marisco, chuletillas de cordero, rabo guisado, torrijas o pasteles.
Así que el Atalaia reúne a todo pichichi, ya sea un acontecimiento familiar, una reunión de amigos, un aniversario de los de mirarse a los ojos, una boda merengona o un banquete especial para gastar un décimo de lotería premiado. Cumplen siempre las expectativas, salvo si quieren cenar y es domingo, lunes, martes o miércoles, pues lo encontrarán cerrado a cal y canto. Ignacio estará guisando para su mujer y sus hijos, atendiendo la mesa más importante del mundo mundial, la de su familia.
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