
Tabla de surtido de postres. / Foto: Lobo Altuna.
En 1799, Melchor Gaspar de Jovellanos visitó Fuenmayor por encargo del almirante y ministro de marina Antonio Valdés y Fernández Bazán para realizar unos expedientes de nobleza de sangre de su hermano, que residía en el pueblo riojano al cuidado de la hacienda familiar. El escritor ilustrado anotó de forma detallada todas sus correrías y por él sabemos que había un cosechero en la zona que producía 30.000 cántaras de vino, diversos alfareros y cientos de jornaleros que trabajaban las tierras de los grandes propietarios para elaborar los distintos caldos de la época.
¿Dónde cenaría Jovellanos, bien a gusto, si volviera a Fuenmayor? Pues en casa de Esther y Tomás, en el reputado Alameda, junto a la iglesia de Santa María, que por algo sirve hoy ensaladas ilustradas para librepensadores y refinados gourmets.
Patatas y caparrones
Sabrán que la vieja enciclopedia de Diderot y D’Alambert define al ilustrado como aquel que, pisoteando todo prejuicio, tradición, consenso universal, autoridad, todo lo que esclaviza a la mayoría de las mentes y paladares, se atreve a pensar por sí mismo para caer rendido en brazos de una escarola aliñada, espárragos, puerros, alcachofas, patatas a la riojana, pochas y caparrones con chorizo, tocino y costilla de marrano, merluza albardada, bacalao en ajoarriero o cabrito asado sobre las brasas.
Estos platos pueden disfrutarse en este asador que contiene todas las especialidades que pediría un ajusticiado antes de dejar este mundo, cocina verdadera y humeante que purifica el alma y ablanda los malos humores cerebrales: croquetas inmensas, gazpacho bien fresco, alegrías riojanas asadas, repeladas y aliñadas con ajo, ¡viva Tijuana!; lecheritas empanadas con crema de patata, cebolletas tiernas con sal -controlen sus ansias, entran como pipas, si no se contienen sudarán la gota gorda durante días con el aliento anestesiado-, callos con morros, ¡brutales!; patitas de cabrito guisadas, ¡enormes, qué gran guisandera es Esther!; y el remate final de la mejor chuleta de vaca gallega seleccionada por Luismi, asada con talento, servida con papas y pimientos del piquillo verdaderos.
Y de postre, agárrense la enagua que viene la ola: granizado refrescante y moderno de menta, tarta de manzana, pastel chorreante de chocolate y pistacho, leche frita, arroz con leche, cuajada, natillas, tostadas y helados, todos ‘primo-hermanos’ del feliz mantecado y del melocotón en almíbar. Qué gozada.
La bodega es surtida y preciosa como la de Alí Babá, con precios ajustados que invitan al despelote y a brindar como está mandado.