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Excursiones

HISTORIA
La comarca esculpida
La horizontalidad castellana se rompe en La Bureba, con bellos caminos y pueblos repletos de arte y tradiciones

13.06.07 - 17:45 -
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AL BORDE. Características casas colgadas al borde del barranco en Frías.

La piedra se convierte en La Bureba en una joya omnipresente. Adorna todos los tesoros naturales y arquitectónicos, que son muchos y muy variados en esta comarca burgalesa. Enormes peñascos salpican las vastas llanuras para crear profundas gargantas. Y sobre esos riscos de formas caprichosas, casi fundiéndose con ellos en perfecta armonía, castillos, iglesias y antiguas murallas trepan en claro desafío al vacío.

La región –delimitada al norte por el río Ebro, al sur por los Montes de Oca, al este por el desfiladero de Pancorbo y al oeste por el páramo de Masa– esconde también modestos pueblecitos alejados del bullicio, donde reina el silencio, la tranquilidad, el contacto con la naturaleza y la dedicación al campo y la ganadería. Allí se ocultan un sinfín de edificios religiosos y casas palaciegas, vestigios del floreciente pasado de la zona.

Pese a su actual carácter industrial, la capital de La Bureba, Briviesca, conserva un interesante casco antiguo. En la plaza Mayor, corazón de la ciudad, se alzan la torre porticada del Ayuntamiento y la portada plateresca de la iglesia de San Martín. Muy próxima a ella, la simetría y empaque que transmite la colegiata de Santa María, de estilo neoclásico, llama la atención del visitante. A once kilómetros, en lo alto de un cerro y circundado por un paraje arbolado, se ubica el santuario de Santa Casilda, cuyo coqueto y recogido templo, de gran significado para los habitantes de la comarca, data del siglo XVI. Camino de Poza, a las afueras de Los Barrios, se puede contemplar la ermita románica de San Facundo, de finales del siglo XII.

Cobijada a los pies de una imponente pared vertical, en Poza, cuna del naturalista Félix Rodríguez De la Fuente, aún son visibles los restos de la actividad que le proporcionó fama y fortuna tiempo atrás: el comercio de la sal, cuya explotación ya se conocía antes de la llegada de los romanos y se abandonó a mediados del siglo XX. Chozas, depósitos, eras y balsas de almacenamiento conforman este legado que completa un museo didáctico, inaugurado hace un año, en la que fue la Casa de Administración de las Reales Salinas, construida en el siglo XVIII por orden de Carlos III.

Un valle verde

En Poza se respira un aire medieval. Las viviendas de piedra y entramados de madera se inclinan hacia los lados estrechando aún más las angostas callejuelas adoquinadas y llenas de recovecos. El Arco Conjuradero, una de las tres puertas de acceso a la antigua villa fortificada, separa las plazas Nueva y Vieja. La primera cuenta con un mirador desde el que se divisa una amplia panorámica de La Bureba. En la segunda se sitúa la iglesia de San Cosme y San Damián, declarada monumento histórico-artístico en 1974 y que fue levantada en el siglo XIII. Las ruinas del castillo de Rojas, agarradas a la cima de la peña que abriga a Poza, regalan otra espléndida impresión de la comarca y proporcionan un plano casi cenital de la población.

Entre Poza y Oña se extiende el valle de Caderechas, compuesto por frondosos bosques y pequeñas aldeas como Aguas Cándidas o Cantabrana, en las que el tiempo parece haberse detenido. A diferencia de la parte sur de La Bureba, donde predomina el tono ocre, el verde colorea aquí el paisaje. Oña se repliega, rodeada de montañas, a las puertas del cañón del río Oca.

El pueblo se distribuye alrededor del que fue el centro religioso más importante de Castilla: el monasterio benedictino de San Salvador, fundado por el conde Sancho García a comienzos del siglo XI. En su exterior, dos de las doce torres de la muralla que protegía el cenobio aún se mantienen en pie. Adosado a él se eleva, tras una larga escalinata, la iglesia del mismo nombre, en cuya fachada se muestran varias esculturas del siglo XV.

La garganta del Molinar

En el interior, tanto en la capilla mayor como en el claustro gótico, descansan los restos de reyes, condes, infantes y obispos, la mayoría dentro de unos sarcófagos de madera cuidadosamente tallados. La nave central y la sacristía muestran retablos, pinturas y trajes reales de los siglos X y XI. Al otro lado de la plaza se erige la iglesia de San Juan, del siglo XII. Su pórtico y su torre son de estilo gótico.

Antes de abandonar Oña merece la pena disfrutar de su bello entorno adentrándose en el paseo que sigue el curso del Oca a lo largo del desfiladero al que presta su nombre. El pintoresco camino discurre paralelo al cauce por senderos, tramos de la antigua carretera –aún son visibles los mojones– e incluso vías y túneles del ferrocarril ahora en desuso.

Bordeando la Sierra de La Llana y atravesando la sinuosa y bella garganta del río Molinar se llega a Tobera. Desde este punto es fácil vislumbrar la silueta de Frías dibujándose en el horizonte. A la entrada del pueblo, las ermitas del Santo Cristo y de Nuestra Señora de la Hoz se acurrucan junto a un puente romano bajo una gran mole pétrea. Dos kilómetros más adelante espera Frías, la ciudad más pequeña de España, asentada sobre un cerro al que llaman 'La Muela'.

Sobresale su almenado castillo. Construido entre los siglos XII y XV, emerge por encima de los tejados de las casas con su llamativa torre del homenaje cosida a un risco. Las empinadas calles del casco urbano, amurallado en su perímetro, están jalonadas de viviendas de adobe, cuyos cimientos se hallan excavados en la roca. De planta rectangular y altura irregular, los edificios se apoyan entre sí formando una hilera suspendida sobre un impresionante precipicio.

Las aguas del Ebro corren al otro lado del altozano y sobre ellas se eleva el famoso puente medieval de la ciudad. Tiene casi 150 metros de longitud, nueve arcos y un torreón, añadido en el siglo XII con el objetivo de que cumpliera la función de aduana. Entonces, los mercaderes debían pagar por sus mercancías cuando utilizaban el viaducto. Cruzarlo ahora supone penetrar en la comarca de Las Merindades y dejar atrás La Bureba, unas tierras gobernadas por una reina singular: la piedra.


El Cid revive en Oña

Las fiestas burebanas se caracterizan por la gran participación de los pobladores de la comarca. Es famosa la de 'El Capitán', en Frías, donde los lugareños eligen al personaje principal que, blandiendo una bandera, recorre las calles acompañado por bailarines. También es conocido 'El Desjarrete' de Poza, cuyo momento cumbre consiste en una danza que lleva ese nombre y que se realiza en la Plaza Nueva de la localidad salinera.

Sin embargo, desde 1988 existe otra festividad que, cada año, aumenta en popularidad. Se trata de 'El Cronicón' de Oña, una obra teatralizada que tiene lugar en el monasterio de San Salvador y en la que se divulgan de esta singular manera el contexto en el que se fundó el cenobio y el periodo de la Historia de Castilla que abarca los siglos X y XI. Personajes como El Cid, Sancho el Mayor de Navarra o el conde Fernán González resucitan cada verano embutidos en la piel de los vecinos de la villa.
Todos los actores que toman parte en 'El Cronicón' abandonan sus quehaceres habituales dos semanas antes del estreno y ensayan y trabajan para que todo marche a la perfección durante los cinco días de agosto –siempre en torno al 15– en los que hay función. «Los únicos profesionales son los directores y los encargados de la luz y el sonido. El resto somos gente del pueblo que sentimos un cariño especial por la rica historia que tiene nuestro pasado», explica Araceli Bárcena, secretaria de la asociación 'El Cronicón', entidad encargada de todas las labores organizativas.

Bárcena confirma el creciente éxito de este acontecimiento cultural: «Estos últimos años ha venido público de toda España a ver la obra. Y, lamentablemente, muchas personas se han quedado sin poder presenciarla porque hemos agotado todas las entradas».



La imagen


TOBERA. Un puente romano y las ermitas del Santo Cristo y Nuestra Señora de la Hoz reciben al visitante que llega a este municipio. / Fotos: Unai Berrueta


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