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Mundos artificiales

La ingeniería y la ciencia ficción especulan desde hace décadas con la posibilidad de vivir fuera de la Tierra

09.02.14 - 11:43 -
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Es el año 2159 y existen dos tipos de humanos: los muy ricos, que viven en una estación espacial elitista, y el resto, que reside en una Tierra con una sobrepoblación alarmante y prácticamente arruinada. La secretaria Rhodes (Jodie Foster), un alto cargo del Gobierno estadounidense, no ceja en su empeño de ejecutar leyes anti-inmigración que preserven el lujoso estilo de vida de los ciudadanos de la colonia espacial. Un estricto control de fronteras que no detiene a los habitantes de la Tierra en su intento de entrar por todos los medios en ese esperanzador mundo. Cuando el poco afortunado Max (Matt Damon) es acorralado a traición en una calle de la apocalíptica ciudad de Los Ángeles, se convertirá en protagonista de una misión que, si tiene éxito, traerá la igualdad entre ambos mundos.

Los amantes de la ciencia ficción habrán reconocido este argumento de la película 'Elysium', un filme que, más allá de la trama y la crítica social que encierra, muestra cómo sería una colonia espacial. Una estructura gigante en forma de rosquilla que giraría para generar gravedad artificial y, gracias a la fuerza centrífuga, evitar que los habitantes flotaran en el Espacio. 'Elysium' es un buen ejemplo para presentar las colonias espaciales al gran público y escenificarlas como hábitats fuera de la Tierra que reproducen las condiciones de vida de nuestro planeta", explica el astrofísico Daniel Marín.

En su blog 'Eureka', Marín describe minuciosamente la imagen de estos mundos artificiales. A pesar de su fidelidad y buenas intenciones, 'Elysium' no se escapa de las imprecisiones científicas que suelen mostrar muchas de superproducciones. Contiene errores de bulto desde el punto de vista de la física. Se trata de una colonia de enormes dimensiones y ubicada en una órbita alta, pero que se encuentra demasiado próxima de la Tierra. "Existe un riesgo claro, ya que, al estar tan cerca, la órbita de la colonia podría perturbarse y chocar con la Tierra, provocando desastrosas consecuencias debido a su masa descomunal".

A este fallo, une que la colonia no está presurizada y, por tanto, pierde aire al estar abierta al espacio. A diferencia de otros teóricos que presuponen que sería suficiente con aprovechar la fuerza de la gravedad cuando rota la estructura para conservar la atmósfera, Marín opina que ese movimiento rotatorio no bastaría. "Con líquidos y sólidos, es posible; pero no con gases cuyo movimiento molecular es enorme. El aire se acabaría perdiendo por el espacio".

Mundos artificiales
Un cilindro habitable diseñado por Gerard K. O'Neill./ NASA

Cilindros gigantes

Los mundos artificiales son un clásico de la divulgación científica, comenzando por las colonias de Gerard K. O'Neill y continuando por el mundo anillo de Larry Niven y la Rama de Arthur C. Clarke, si bien esta última es una estructura alienígena. Miquel Barceló, catedrático de Lenguajes y Sistemas Informáticos en la Universidad Politécnica de Cataluña y experto en ciencia ficción, apunta que las colonias espaciales no sólo han tenido un componente "utópico", sino que también han sido abordadas desde una perspectiva "más realista y economicista". Así, autores como Ben Bova analizaron la creación de estos mundos como "nuevos hábitats del futuro basados en teorías liberales o vinculadas a un óptica de derechas exagerada".

Más allá de la ciencia ficción, Barceló destaca que la Estación Espacial Internacional (ISS) podría considerarse como "la primera colonia espacial", si bien su misión está orientada a labores científicas. La plataforma orbital nació de la unión de viejos rivales (EEUU, Japón y Rusia) y se hizo realidad gracias a una brutal inversión de una multitud de países, incluida España. Precisamente, el factor económico es uno de los obstáculos que el teórico ve en la creación futura de estos mundos artificiales. "Aunque la posibilidad de construir colonias en el espacio esté abierta, la cuestión de si es realmente asumible su coste es más definitoria que la capacidad tecnológica. La pregunta es: ¿querremos construirlas?".

Las colonias espaciales han tenido un amplio recorrido académico e investigador. Su precursor fue el físico ruso Konstantín Tsiolkovsky, considerado el padre de la cosmonáutica. En 1895, sugirió la posibilidad de que la rotación de una nave espacial pudiera emplearse para generar gravedad artificial. "Ni corto ni perezoso, también pensó en dotar a las estaciones espaciales de invernaderos para hacerlas autosuficientes", explica Marín.

En la década de 1960, emergió la figura destacada de Gerard K. O'Neill, precursor en la divulgación científica de las colonias espaciales. Este profesor de física estadounidense fue el creador de un movimiento que traspasó fronteras. Su objetivo era fomentar la exploración espacial y emplear las colonias como medio para el avance de la civilización tecnológica. O'Neill comenzó a estudiar las colonias espaciales a finales de los años 60, cuando puso en práctica un original ejercicio para sus alumnos de la Universidad de Princeton. Lanzó una provocadora pregunta a sus estudiantes: "¿Es la superficie de un planeta el lugar ideal para una civilización tecnológica en expansión?". Los jóvenes respondieron que, mientras los planetas son 'pozos gravitatorios' -exigen mucha energía para vencer el tirón de su gravedad y salir al espacio- desde una colonia solo se requerirían "pequeños cohetes para llegar hasta la órbita de Marte". Así que se decantaron por las colonias espaciales como el hogar futuro de la Humanidad.

La colonia de O'Neill era un cilindro de gran tamaño que rotaría sobre su eje. Los habitantes vivirían pegados a las paredes interiores de la estructura, que dispondría de una serie de ventanas para que la luz solar entrara y llegara al suelo gracias a enormes espejos. "El diseño original se complicó debido a que un cilindro giratorio es inestable y necesita de otro cilindro que gire en dirección contraria para estabilizarlo", indica Marín, quien añade que la clave del concepto teórico de este físico estriba en el uso de material lunar para su construcción.

Se trataba de un hábitat que requería de miles de toneladas de material para su construcción, una misión casi imposible si el transporte de realizase desde la Tierra. "La idea de O'Neill se basa en el uso de un acelerador de masas -una especie de cohete de bajo coste- que contribuiría a sacar material del suelo lunar con mucha cantidad de aluminio y oxígeno de los cuales se podrían extraer el cemento, los metales y el oxígeno necesarios para que los habitantes de la colonia pudieran vivir". Las colonias espaciales de O'Neill eran entornos idealizados con más superficie verde que urbana. Llegó a imaginar océanos enteros y ecosistemas árticos en órbita.

Mundos artificiales
La Estación Espacial Internacional, el objeto articial más grande en órbita terrestre, ha costado unos 100.000 millones de dólares y es un proyecto multinacional. / NASA

Sin motivación política

Frente a ese escenario utópico, investigadores de la Universidad de Stanford idearon en 1975 un modelo más conservador. Con un diseño en forma de rosquilla, las colonias estaban inspiradas en el modelo pionero de Tsiolkovsky. Se trataba de anillos espaciales que aportaban una mayor facilidad para su construcción, como la estación orbital a medio construir de '2001, una odisea del espacio'. Su principal desventaja era que no ofrecían un gran volumen interno, siendo su estructura más hueca que las anteriores.

Los estudiosos de Stanford y la NASA descubrieron, además, uno de los puntos débiles de la teoría de O'Neill: la falta de protección de la colonia frente a la radiación solar. "O'Neill no tuvo en cuenta este aspecto porque pensaba que el blindaje de la estructura sería suficiente, pero los cálculos de las misiones Apollo demostraron que la radiación cósmica es muy nociva, sobre todo, fuera de la órbita terrestre", destaca Marín. El diseño final de la colonia incluiría un escudo antirradiación que protegería a sus habitantes de los rayos cósmicos.

La imagen proyectada por estos estudiosos distaba mucho de la idílica dibujada por O'Neill. No en vano, profetizaban un escenario muy similar al representado en el cine estadounidense con grandes urbanizaciones despersonalizadas con abundancia de espacios verdes

Mirando hacia el futuro, Marín y Barceló coinciden a la hora de señalar que la tecnología podría llegar a hacer realidad estos mundos artificiales, aunque admiten que falta una "motivación política" para llevar a buen puerto un proyecto de este tipo. Barceló considera que, si bien la ciencia ficción dispone de "licencia poética" para imaginar cosas imposibles, la "posibilidad de que existan en un futuro no muy lejano colonias espaciales es incierta". Para que estas sean una realidad, tiene que existir "una decisión política y económica" que haga avanzar este campo. Marín, por su parte, cree que en los 60 y 70 sí hubo un interés, debido a la crisis del petróleo, que hizo que en algunos países se vieran las colonias espaciales como una "atractiva" solución para "resolver carencias energéticas, pero en la actualidad, no existe una motivación política que apoye esta investigación".

A pesar de este estancamiento, Marín no duda en señalar que una de las principales aplicaciones de las colonias de O'Neill radicaría en su potencial para que la Humanidad pudiera colonizar nuevos mundos. Esta visión entroncaría, dice, con la ciencia ficción y los viajes interestelares, que se realizarían en "naves generacionales", grandes estructuras en las que se sucederían generaciones de humanos durante un viaje de décadas e incluso siglos. "Hoy en día, sin embargo, no existe una tecnología que haga posible viajar a las estrellas", concluye.

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