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Barik Corral

La implantación del nuevo abono de transportes extiende el duelo del Far West en su variante suburbana

28.06.13 - 19:41 -
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A veces bajo al metro y recuerdo a Lee Van Cleef. Otras veces en cambio es Clint Eastwood quien viene a mi cabeza. Clint Eastwood echándose sobre el hombro un poncho lleno de mugre, dejando al descubierto su brazo derecho. Clint Eastwood sin afeitar, frunciendo el ceño, entrecerrando los ojillos, poniendo esa mueca tan Clint Eastwood, como de hartazgo o lenta repugnancia, que funciona siempre como una infalible introducción al tiroteo. Aunque, para decirlo todo, el otro día en las canceladoras de Moyua de quien me acordé fue más bien de Joel McCrea. Llovía y se conoce que tenía yo el día cinéfilo y crepuscular.

La culpa es de la tarjeta Barik, el nuevo abono de transporte que nos ha introducido en el mundo de la 'cancelación sin contacto'. Como saben, la Barik no hay que meterla en ningún sitio. La Barik solo hay que pasarla cerca del lector de la canceladora. Ni siquiera hay que sacarla de la cartera. Es "más rápida y sencilla", nos dijeron. También que nos facilitaría la vida. Pero en realidad lo que ha hecho la tarjeta Barik es algo muy distinto: imponernos el duelo suburbano. De pronto, las estaciones de metro son una especie de Ok Corral diseñado por Norman Foster.

Sucede porque la Barik transmite a su portador una evidente certeza de velocidad y una temporal y variable confianza en la omnipotencia. Al fin y al cabo, uno tiene una Barik (¡puede que incluso una con su foto!) y es capaz de abrir con ella puertas a distancia. Chas. Como por arte de magia. Yo veo ahora claro que Moisés, el día aquel de lo suyo en el Mar Rojo, debía de disponer de una Barik a tope de saldo. Y el hombre se dijo lo normal: "A mí no me para nadie".

Porque eso es lo que piensa cualquiera cuando baja a la estación de metro y enfila hacia las canceladoras, acercando la mano lenta, pendenciera, malignamente, al bolsillo donde lleva la Barik. A mí no me para nadie. Poco importa que oleadas de conciudadanos estén subiendo en ese momento desde el andén. Y que esa gente lleve prisa porque llega tarde al trabajo o al hospital donde su hijo espera la donación de sangre que ha de salvarle la vida. Allá ellos. Yo tengo una Barik y he elegido una canceladora y voy lanzado, con los pasos decididos y la mirada crecientemente psicopática. Mientras lo hago, tamborileo con los dedos sobre la cartera, a través del pantalón, una melodía fronteriza que no habría disgustado a Morricone.

Es entonces cuando uno de los conciudadanos ascendentes elige la misma canceladora. Y se da el cruce de miradas. Él también está dispuesto a todo. "Has cometido un error", mascullo dejando caer la mano a la altura de la cadera. Y hago la mueca de Clint Eastwood. Lo hago porque una vez en Deusto bastó con eso para que un rival se me viniese abajo. Pero no suele pasar. Generalmente el conciudadano que tenemos enfrente no piensa dar su brazo a torcer y ninguno de los dos va a cederle al otro elegantemente el paso. La situación se precipita por tanto hacia un desenlace problemático: quien primero desenfunde la Barik será quien se gane el derecho a cruzar antes la canceladora. La tensión es evidente y hay madres que con buen criterio cogen a sus niños en brazos y les vuelven la cabeza para que no vean lo que va a pasar. Porque estas cosas nunca acaban bien y son del todo inapropiadas. No es edificante ver a dos adultos peleándose tácitamente por pasar primero por una puertita pequeña. Solo hay una cosa peor que eso: no ser tú el adulto que pasa primero por la puertita pequeña.

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